miércoles, 19 de octubre de 2016

HOTEL CLARIDGE DE ALARCÓN. Esplendor y decadencia.





Un reportaje de Route 1963


Un clásico y todo un icono arquitectónico de la N-III, el hotel Claridge de Alarcón fue inaugurado en 1969 y cerrado apenas treinta años después, cuando la carretera se vio abocada a la decadencia más absoluta como consecuencia de la puesta en servicio del tramo de la autovía A-3 entre Honrubia y Motilla del Palancar. Situado en el km.184´6, junto al embalse de Alarcón y a medio camino entre Madrid y Valencia, se alza sobre una superficie total de 122.000 metros cuadrados de parcela, con 6.000 metros cuadrados construidos en cuatro plantas, siendo considerado por sus peculiares características como un edificio emblemático de Castilla La Mancha. En palabras de algunos expertos en la materia, se trata de un interesantísimo ejemplo de arquitectura de los años sesenta, en la que repetición y modularidad buscaban, en aparente paradoja, resultados siempre singulares. La identificación entre forma, función y estructura, la utilización de módulos seriados, la fluidez y continuidad de los paramentos curvos y la construcción con hormigón visto evidencian que el asentamiento de la modernidad en España asimiló simultáneamente la arquitectura orgánica, el estilo internacional y la influencia brutalista del último Le Corbusier.




No obstante, para otros arquitectos más puristas y contemporáneos, este edificio constituye toda una aberración estistica en el entorno rural en el que fue construido, y para muchos profanos resulta una construcción chocante, estrambótica y completamente postiza en medio del paisaje cotidiano de la carretera. Lo visité decenas de veces mientras estuvo en servicio y he de admitir que me parece una construcción original y atractiva, pero siempre le he encontrado más similitudes morfológicas con un búnker o una instalación militar que con un establecimiento de hostelería. Y no por casualidad, en 2014 se rodó allí una película bélica en la que el hotel Claridge simulaba ser un edificio de la ONU en alguna zona de conflicto, con carros de combate y otros vehículos blindados aparcados en su explanada.







El esplendor, o época dorada del hotel Claridge, tuvo lugar entre mediados de los años setenta y principios de los noventa del pasado siglo, cuando la inmensa mayoría de los autobuses de líneas regulares que transitaban por la N-III tenían estipulada una parada en el establecimiento, que permanecía abierto 24 horas al día durante los 365 días del año. En el caso de Auto-Res, concesionaria oficial de la línea regular Madrid-Valencia-Madrid, la parada era de obligado cumplimiento, ya que el hotel pertenecía a la empresa, existiendo igualmente otro hotel homónimo en Madrid, plaza de Conde de Casal, comienzo de la N-III ya desde los años sesenta, y colindante con la antigua estación de autobuses, ya desaparecida, de la calle Fernández Shaw. Sin embargo, el hotel Claridge de Alarcón no había nacido con la vocación limitada de constituirse en un nuevo y elegante establecimiento de carretera en tan importante ruta nacional. Tratándose de un hotel de tres estrellas con amplias y cómodas habitaciones, piscina, pistas de tenis, zonas recreativas y espléndidas vistas al embalse de Alarcón, su ambiciosa apuesta era claramente turística y excedía en mucho al modesto propósito de ser un mero lugar de paso para transeúntes, función que ya cumplían sobradamente otros establecimientos vecinos más veteranos. La mayoría de ellos nunca habían alcanzado mayor categoría que la de simples quioscos o merenderos, cuando en España estaba de moda que los viajeros llevasen consigo sus propias provisiones de boca, ya fuesen bocadillos o comidas más elaboradas, cuyo consumo estaba permitido en estos locales a condición de que la consumición de bebidas y de cafés se realizase en los mismos, pues en eso consistía su negocio.


 


Pero una cuestión era la visión comercial de los promotores del hotel Claridge, y otra la realidad de las circunstancias no del todo favorables en aquella zona y en aquella época para la explotación turística de un establecimiento de estas características (con la cercana competencia, además, del Parador Nacional de Turismo de Alarcón, alejado de la N-III, si bien ubicado en un entorno paisajístico mucho más privilegiado), de modo que el Claridge habría de conformarse con poder cumplir un digno papel de hostal de carretera, pulcro, ostentoso y de gran calidad, eso hay que reconocerlo. La mayoría de los clientes de sus instalaciones eran viajeros de paso de las líneas regulares de autobuses, como queda dicho, pero también es cierto que, sobre todo en época estival y en fines de semana, el hotel alojaba en sus habitaciones huéspedes estables, generalmente parejas jóvenes o familias con niños, que realizaban cortas pernoctaciones y disfrutaban de las instalaciones recreativas del establecimiento. No era infrecuente ver algunos en bañador en la cafetería, mezclados con el público transeúnte, lo que resultaba siempre curioso y hasta cierto punto anacrónico.

Un verdadero ejército de camareras y camareros aguardaba a pie firme tras la extensa barra de la cafetería la llegada de las flotas de autobuses que descargaban centenares de viajeros en cuestión de minutos y casi siempre a unas horas fijas y conocidas por el personal de servicio, tanto de día como de noche o de madrugada, lo que les permitía estar constantemente preparados para atender tales avalanchas de público. Y tenían que ser rápidos y diligentes, porque las paradas solían ser muy breves, entre veinte y treinta minutos, y en ese tiempo se veían obligados a servir cantidades ingentes de cafés, bocadillos y refrescos a una vociferante parroquia que se amontonaba desordenada frente al mostrador. Cuando cada expedición regresaba en tropel a los autobuses, atendiendo la llamada de los chóferes correspondientes, que advertían con severidad de la inminente partida, el local quedaba tan sucio y denigrado como si lo hubieran visitado las mismísimas hordas de Atila. Y entonces entraba en acción otro ejército de servicio encargado de restablecer la limpieza y el orden dentro de lo posible, pero rara vez lo conseguían, porque las avalanchas de público se solapaban unas con otras, y no disponían de tiempo para acabar su tarea. Miles de personas visitaban diariamente la cafetería del hotel Claridge en sus mejores tiempos, con diferencia el establecimiento de carretera más frecuentado en la N-III.  Doy fe de que aquello fue una locura. 


   


En mi novela inacabada -y seguramente ya para siempre inconclusa- Memoria sentimental de la carretera, escribí hace muchos años mis impresiones literarias sobre el hotel Claridge:

Entramos en el túnel que se abría, oscuro y húmedo como el desván de una casona deshabitada, al final del puente de la presa de Alarcón. Había una peligrosa curva a izquierdas a la salida y enseguida se alcanzaban otra vez las vastas llanuras manchegas. La silueta grisácea de hormigón del hotel Claridge apareció ante nuestros ojos. Visto más de cerca tenía una apariencia de fortaleza militar silenciosa e inexpugnable. Cuando estuvimos a su altura puse el intermitente y cruzamos la explanada del aparcamiento, que estaba atestada de autobuses de líneas regulares, para llegar junto a la parcela de césped del mirador panorámico que se asomaba al pantano. Desde allí arriba las aguas verdes, azules y grises del embalse seguían teniendo una presencia pacífica.

(...) Pese a que la mayoría llevarían alguna plaza libre no se podía tomar ninguno de aquellos autobuses hacia ninguna parte. El hotel Claridge sólo era un punto de descanso y avituallamiento para chóferes y pasajeros, no una estación de embarque en donde iniciar ruta (...)

 (...) La potente calefacción de la cafetería del hotel Claridge producía en los recién llegados un adormecimiento febril y un desistimiento desmayado de la voluntad, como si éstos -nosotros ahora-, acabasen de quedar atrapados en el núcleo sofocante de una jungla tropical. La mezcla fermentada de efluvios corporales y de olores alimenticios ya se había vuelto irrespirable a esas horas de la mañana allí dentro. Viajeros mal dormidos y peor afeitados entraban y salían del local con esos pasos vacilantes de los seres de ultratumba mientras los chóferes de los autobuses anunciaban a voces, como si fueran los subastadores de una lonja de pescado, la inminencia de su partida: ¡atención, pasajeros del coche veintidós, nos vamos en cinco minutos!, ¡los del siete a Benicasim, vayan terminando, por favor!, ¡autobús número tres a Madrid pueden ir subiendo!  Un constante trasiego de ganaderías humanas, acarreadas de la meseta a la costa mediterránea y viceversa, acontecía en aquel lugar a todas las horas del día y todos los días del año como un ritual cuya memoria se perdiese en la noche de los tiempos.




(...) Alcanzamos la brillante barra de aluminio del autoservicio de la cafetería arrastrando los pies sobre una alfombra de servilletas de papel grasientas, restos de bocadillos de calamares o de mortadela, sobrecillos de azúcar, envoltorios de emparedados, manchas resbaladizas de ensaladilla rusa y cigarrillos mal apagados. Un molinillo de café asordaba el local con el estruendo que hacían sus aspas eléctricas al triturar los granos, repicaban simultáneamente decenas de cucharillas metálicas en las tazas de café y se oía el constante entrechocar de platos y vasos al otro lado de las puertas de la cocina. El confuso rumor de las conversaciones sonaba de fondo como un abejorreo de colmena para terminar de completar la abigarrada orquestación de aquella algarabía desquiciada. Me mareaba este sitio. Divisé una mesa vacía junto a una ventana que daba al embalse. Me senté. Los desperdicios de varios desayunos de la última madrugada se acumulaban sobre el mantel de papel sin que nadie se hubiera ocupado de recogerlos. En el borde de un vaso se marcaba la huella grosera del carmín de unos labios de mujer. Una mujer que seguramente ya se hallaría a centenares de kilómetros de allí pero que había perdido para siempre una brizna de su alma en el borde de aquel vaso. Los cristales de la ventana recogían el vapor de la condensación provocada por la diferencia entre la temperatura interior y la exterior en unas gotas mínimas que iban resbalando muy despacio por el vidrio dejando un rastro húmedo que parecía el lametón de un gato. Mi compañera de viaje vino a la mesa trayendo dos tazas humeantes de té con limón. Se sentó a mi lado en una de las sillas de plástico. El sol entraba por la ventana y nos daba en la cara calentándonos las mejillas.



El destino del hotel Claridge estaba irremediablemente ligado al porvenir de la carretera nacional de Madrid a Valencia, y con la construcción de la autovía A-3 éste no era muy halagüeño. Cuando a finales del siglo pasado el tráfico dejó de fluir por la N-III, esta antigua ruta en su caída arrastró consigo a la mayoría de los negocios y actividades comerciales que habían florecido durante décadas en sus orillas, condenados ahora al abandono y a la ruina. Pero esta mole colosal de hormigón no está abandonada ni en ruinas, únicamente se encuentra cerrada y en venta desde hace casi veinte años, y sus propietarios parece que tienen bastante interés en preservarla a buen recaudo de saqueadores y vándalos, pues no solo está cercado el recinto con una malla metálica en la que empiezan a aparecer fisuras, sino que cuenta o contaba con presencia activa de cámaras de vigilancia y alarmas de una empresa de seguridad. El solitario edificio, silencioso, decadente, misterioso y un tanto tétrico, ha despertado en los últimos tiempos la curiosidad morbosa de los cada vez más numerosos aficionados a los lugares abandonados que proliferan en blogs y páginas de internet. Pero al parecer sigue siendo tan inaccesible como la cámara secreta de una pirámide egipcia, y a falta de poder entrar en su interior, que sería el sueño húmedo de muchos fisgones, todo son conjeturas acerca del estado de sus instalaciones. Lo más probable es que conserve el mobiliario y todos los elementos y servicios originales de cuando se encontraba en funcionamiento. En alguna de las imágenes de este reportaje, tomadas hace unos años, se pueden apreciar las cortinas echadas en las ventanas que dan a las terrazas y las persianas intactas en el resto de las fachadas.  Incluso no habría que descartar que con cierta regularidad recibiese algún tipo de revisión y mantenimiento, aún siendo de suponer que los suministros básicos de gas, agua y electricidad no estarán operativos. Pero a saber. En cambio, tanto los jardines como la piscina y otras instalaciones exteriores sí empiezan a acusar la degradación del tiempo y de la intemperie.



La pregunta obligada para cerrar este reportaje es obvia: ¿cuál será el futuro a corto o medio plazo del hotel Claridge de Alarcón?  

Teniendo en cuenta que lleva cerrado y en venta casi veinte años, sin que al parecer haya suscitado el interés en firme de ningún posible comprador, es muy difícil responder a esta pregunta. Podría permanecer cerrado otros veinte, cuarenta, sesenta o cien años, o tal vez durante siglos, antes de que el hormigón de su estructura comenzase a debilitarse y el edificio quedara reducido a un montón de ruinas. Probablemente, mucho antes de que esto sucediese, sería demolido por la mano del hombre, y considerando que se encuentra ubicado en un paraje de cierto interés ecológico y paisajístico, no habría que descartar esta posibilidad, aunque sea a muy largo plazo. En todo caso, y estimando que de ser reutilizado el edificio debería destinarse a otros usos diferentes a los de la hostelería, parece que su única salvación pasaría por ser empleado en una nueva actividad, comercial o no, que lo rescatase de su decadencia. El tiempo lo dirá.