sábado, 27 de mayo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 40ª Entrega





Un relato de Route 1963

 
 
El médico suspiró profundamente y volvió a pasarse los puños de la camisa por la frente para secarse el sudor. Después apoyó el codo derecho en el techo del coche y se quedó inmóvil mirando al horizonte, allí en donde se perdía aquella larga recta de la carretera.

-¿Se le ocurre algo que podamos hacer al respecto? -preguntó.

-Se me ocurren varias cosas. En primer lugar, por seguridad, habrá que apartar el vehículo de la carretera y dejarlo en un lugar más discreto. Por ejemplo, en aquellos árboles. Después le llevaré en la moto hasta Minglanilla para que atienda a esa anciana y consiga una grúa para remolcar el auto. Entretanto mi hermano se quedará aquí, en el propio auto, hasta que regresemos.

A pocos metros de donde nos encontrábamos partía un camino de tierra en suave descenso que dejaba a su orilla izquierda una espesa arboleda en donde sería posible ocultar el auto a salvo de miradas indiscretas. El hecho de tener que quedarme esperando en su interior por un espacio de tiempo que seguramente sería prolongado me producía bastante preocupación, no voy a negarlo, pero dado mi estado físico no estaba en condiciones de plantear ninguna exigencia.

-Sólo tendremos que empujar el auto hasta el camino -prosiguió Juan- y luego nos dejaremos caer cuesta abajo hasta esos árboles. 

El médico asintió. Tampoco tenía mejores alternativas que las que le proponía mi hermano.

-Muy bien, pues vamos a empujarlo. ¿Guiará usted?

- -respondió Juan-, yo tomaré el volante. Póngase en el lado derecho.

El Citroën empezó a moverse muy lentamente. Habían cerrado todas las puertas, menos la del conductor, y desde allí mi hermano empujaba apoyando el hombro en el bastidor y con una mano en el volante, mientras el médico lo hacía fatigosamente desde el lado opuesto a través del hueco de la ventanilla bajada. Yo seguía sentado en el asiento trasero como el pasajero inútil que era, incapacitado como estaba para cualquier movimiento que implicase poner los pies en el suelo. En apenas dos minutos llegamos al camino, mi hermano giró el volante a la derecha y se montó en el auto antes de que se embalase cuesta abajo.

-¡Vamos, suba! -le ordenó al médico.

El médico se montó entonces en el Citroën y Juan lo dejó caer en punto muerto por el camino de tierra. Había unos doscientos metros descendentes hasta la arboleda, y tuvimos la suficiente inercia para llegar hasta allí dando tumbos y cabeceando como si navegásemos en un viejo barco de madera. Después el auto fue perdiendo velocidad hasta detenerse completamente.

-¡Abajo! -dijo mi hermano-. Hay que llevarlo hasta los árboles.

-No es una buena idea -intervino el médico-. Esos árboles están en una finca particular.

-¿Finca particular? No me diga, doctor -contestó mi hermano en tono despectivo-. Esto es campo, y el campo es de todos, que para eso tenemos una República.

-Tenemos una República -argumentó el doctor-, pero que yo sepa la República no ha abolido todavía la propiedad privada, y por lo tanto no dispongo de la potestad de estacionar mi automóvil en un terreno que no es mío.

Juan comenzó a impacientarse, y con la impaciencia se puso a golpear el volante del Citroën con las palmas de las manos sin dignarse ahora a mirar al médico. De repente echó el freno de mano bruscamente y se bajó del auto dando después un portazo.

-¿Sabe lo que digo, doctor? Si no lo ocultamos entre los árboles, aquí se queda usted con su puñetero auto averiado, y lo siento por esa abuela enferma de Minglanilla. Nosotros seguimos viaje para Valencia en la moto. Ya nos ha dicho antes que no le interesa saberlo, pero le vuelvo a recordar que nos va la vida en ello. O lo toma, o lo deja.




El médico se bajó del coche en silencio. Mi hermano tampoco dijo nada, y ambos empujaron el Citroën entre una hilera de árboles apenas una decena de metros, los suficientes como para ocultarlo de la vista del camino. O eso es lo que debieron pensar, porque, para mi desgracia, estas precauciones se demostrarían más tarde completamente inútiles y yo tendría que volver a pasar por un trance desesperado.

-Tendrás que esperarnos aquí hasta que volvamos -me dijo Juan con cierta contrariedad, asomándose por una de las ventanillas traseras-. Ya sé que no es una situación muy agradable, pero no queda otro remedio. Supongo que tienes miedo, y lo comprendo. ¿Quieres quedarte con la pistola?

Su inesperado ofrecimiento me pilló desprevenido. Yo no sabía manejar aquel arma. Y aunque hubiera sido capaz de disparar con ella, no estaba convencido de que me hubiera podido servir de mucho, como no fuese para volarme la tapa de los sesos y evitar que me cogiesen vivo, si se presentaba esta terrible circunstancia.

-Con la pistola o sin ella voy a estar igualmente indefenso -reconocí-. Prefiero que te la lleves tú. Llegado el caso, le sacarás mejor partido.
 
-Muy bien, como quieras. Mi consejo es que te tumbes en el asiento y trates de dormir. No sólo estarás luego más descansado para proseguir el viaje, sino que además el tiempo de espera se te hará más corto. Este parece un lugar seguro, no creo que vaya a venir nadie a importunarte.

-Márchate ya, Juan. Lo que tenga que ser, será. No te preocupes más por mí.

-Traeré comida, te lo prometo. Ya verás cómo al final todo va a salir bien. Esta misma noche llegaremos a Valencia.

-Tómese esto -me dijo el médico inesperadamente, asomándose también por la ventanilla y entregándome una pastilla diminuta que extrajo de un viejo maletín de cuero que llevaba consigo-. Alivia el dolor e induce al sueño. Le hará bien.

Persuadido por estas poderosas razones, sin pensar en nada más, me llevé la pastilla a la boca y me la tragué sin vacilación. Tenía un sabor primero dulce, y luego amargo. Pero reflexioné de inmediato: ¿y si es un veneno letal? Pues tanto mejor, concluí con absoluta indiferencia, me dormiré y todo habrá terminado.




El doctor y mi hermano echaron a andar hacia la carretera, en donde habíamos dejado la Brough Superior. Caminaban muy separados, sin hablar ni mirarse. Las circunstancias de la guerra propiciaban estas extrañas e inconvenientes compañías que resultaban improbables en tiempo de paz. En cuanto salieron del cobijo de los árboles los perdí de vista. Me había quedado irremediablemente solo en el interior de aquel auto averiado que me resultaba en cierto modo cotidiano, o al menos vagamente familiar, y pronto descubrí la causa: algunos taxis que circulaban por Madrid en aquella época eran del mismo modelo de Citroën, y yo había montado en ellos varias veces. Olían a tabaco rancio y a carbonilla, mientras que el auto del doctor conservaba el olor a sudor de su propietario y un confuso aroma de farmacia o de dispensario médico, pues seguramente llevaba o había llevado fármacos en su interior. No tardé mucho en resignarme a mi nueva situación, y podía decirse que, por una parte, había mejorado. Por lo menos me encontraba a cubierto y a la sombra de los árboles, que desprendían agradable frescor, y por primera vez en muchas horas mi mayor preocupación no era la de seguir huyendo desesperadamente. Además, el médico acababa de ocuparse de mi lesión y nos había ofrecido algún alimento y bebida. Pero, por otra parte, podía entenderse que mi situación había empeorado, porque mi hermano me había dejado herido e indefenso en aquel paraje, y si surgía algún contratiempo indeseado yo no tenía ya la menor escapatoria. Sin embargo, no temía sólo por mi suerte, sino también por la suya, que no podía desligar de la mía una vez que nos habíamos separado y él iba a exponerse a riesgos imprevisibles. ¿Y si le mataban o le detenían, y no volvía a buscarme? Antes o después, aquél médico regresaría a recoger su automóvil, pues necesitaba repararlo para poder trabajar, pero, cuando me encontrase allí, ¿qué haría conmigo? ¿Me entregaría a la policía? ¿Se compadecería de mí y me procuraría algún cobijo o protección? No podía estar seguro de esto y, en tal extremo, ¿tenía yo alguna posibilidad de llegar a Valencia por mis propios medios, o acaso de establecer contacto con esa tal Amparo Signes para pedirle auxilio? No, no la tenía. No podía correr, ni caminar, ni apenas moverme. Si Juan no volvía, mi destino empezaría a depender de terceras personas que probablemente me fuesen hostiles. Y entonces el sueño dorado de llegar a Valencia se habría frustrado para siempre.




CONTINUARÁ 



 

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