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miércoles, 19 de octubre de 2016

HOTEL CLARIDGE DE ALARCÓN. Esplendor y decadencia.





Un reportaje de Route 1963


Un clásico y todo un icono arquitectónico de la N-III, el hotel Claridge de Alarcón fue inaugurado en 1969 y cerrado apenas treinta años después, cuando la carretera se vio abocada a la decadencia más absoluta como consecuencia de la puesta en servicio del tramo de la autovía A-3 entre Honrubia y Motilla del Palancar. Situado en el km.184´6, junto al embalse de Alarcón y a medio camino entre Madrid y Valencia, se alza sobre una superficie total de 122.000 metros cuadrados de parcela, con 6.000 metros cuadrados construidos en cuatro plantas, siendo considerado por sus peculiares características como un edificio emblemático de Castilla La Mancha. En palabras de algunos expertos en la materia, se trata de un interesantísimo ejemplo de arquitectura de los años sesenta, en la que repetición y modularidad buscaban, en aparente paradoja, resultados siempre singulares. La identificación entre forma, función y estructura, la utilización de módulos seriados, la fluidez y continuidad de los paramentos curvos y la construcción con hormigón visto evidencian que el asentamiento de la modernidad en España asimiló simultáneamente la arquitectura orgánica, el estilo internacional y la influencia brutalista del último Le Corbusier.




No obstante, para otros arquitectos más puristas y contemporáneos, este edificio constituye toda una aberración estistica en el entorno rural en el que fue construido, y para muchos profanos resulta una construcción chocante, estrambótica y completamente postiza en medio del paisaje cotidiano de la carretera. Lo visité decenas de veces mientras estuvo en servicio y he de admitir que me parece una construcción original y atractiva, pero siempre le he encontrado más similitudes morfológicas con un búnker o una instalación militar que con un establecimiento de hostelería. Y no por casualidad, en 2014 se rodó allí una película bélica en la que el hotel Claridge simulaba ser un edificio de la ONU en alguna zona de conflicto, con carros de combate y otros vehículos blindados aparcados en su explanada.







El esplendor, o época dorada del hotel Claridge, tuvo lugar entre mediados de los años setenta y principios de los noventa del pasado siglo, cuando la inmensa mayoría de los autobuses de líneas regulares que transitaban por la N-III tenían estipulada una parada en el establecimiento, que permanecía abierto 24 horas al día durante los 365 días del año. En el caso de Auto-Res, concesionaria oficial de la línea regular Madrid-Valencia-Madrid, la parada era de obligado cumplimiento, ya que el hotel pertenecía a la empresa, existiendo igualmente otro hotel homónimo en Madrid, plaza de Conde de Casal, comienzo de la N-III ya desde los años sesenta, y colindante con la antigua estación de autobuses, ya desaparecida, de la calle Fernández Shaw. Sin embargo, el hotel Claridge de Alarcón no había nacido con la vocación limitada de constituirse en un nuevo y elegante establecimiento de carretera en tan importante ruta nacional. Tratándose de un hotel de tres estrellas con amplias y cómodas habitaciones, piscina, pistas de tenis, zonas recreativas y espléndidas vistas al embalse de Alarcón, su ambiciosa apuesta era claramente turística y excedía en mucho al modesto propósito de ser un mero lugar de paso para transeúntes, función que ya cumplían sobradamente otros establecimientos vecinos más veteranos. La mayoría de ellos nunca habían alcanzado mayor categoría que la de simples quioscos o merenderos, cuando en España estaba de moda que los viajeros llevasen consigo sus propias provisiones de boca, ya fuesen bocadillos o comidas más elaboradas, cuyo consumo estaba permitido en estos locales a condición de que la consumición de bebidas y de cafés se realizase en los mismos, pues en eso consistía su negocio.


 


Pero una cuestión era la visión comercial de los promotores del hotel Claridge, y otra la realidad de las circunstancias no del todo favorables en aquella zona y en aquella época para la explotación turística de un establecimiento de estas características (con la cercana competencia, además, del Parador Nacional de Turismo de Alarcón, alejado de la N-III, si bien ubicado en un entorno paisajístico mucho más privilegiado), de modo que el Claridge habría de conformarse con poder cumplir un digno papel de hostal de carretera, pulcro, ostentoso y de gran calidad, eso hay que reconocerlo. La mayoría de los clientes de sus instalaciones eran viajeros de paso de las líneas regulares de autobuses, como queda dicho, pero también es cierto que, sobre todo en época estival y en fines de semana, el hotel alojaba en sus habitaciones huéspedes estables, generalmente parejas jóvenes o familias con niños, que realizaban cortas pernoctaciones y disfrutaban de las instalaciones recreativas del establecimiento. No era infrecuente ver algunos en bañador en la cafetería, mezclados con el público transeúnte, lo que resultaba siempre curioso y hasta cierto punto anacrónico.

Un verdadero ejército de camareras y camareros aguardaba a pie firme tras la extensa barra de la cafetería la llegada de las flotas de autobuses que descargaban centenares de viajeros en cuestión de minutos y casi siempre a unas horas fijas y conocidas por el personal de servicio, tanto de día como de noche o de madrugada, lo que les permitía estar constantemente preparados para atender tales avalanchas de público. Y tenían que ser rápidos y diligentes, porque las paradas solían ser muy breves, entre veinte y treinta minutos, y en ese tiempo se veían obligados a servir cantidades ingentes de cafés, bocadillos y refrescos a una vociferante parroquia que se amontonaba desordenada frente al mostrador. Cuando cada expedición regresaba en tropel a los autobuses, atendiendo la llamada de los chóferes correspondientes, que advertían con severidad de la inminente partida, el local quedaba tan sucio y denigrado como si lo hubieran visitado las mismísimas hordas de Atila. Y entonces entraba en acción otro ejército de servicio encargado de restablecer la limpieza y el orden dentro de lo posible, pero rara vez lo conseguían, porque las avalanchas de público se solapaban unas con otras, y no disponían de tiempo para acabar su tarea. Miles de personas visitaban diariamente la cafetería del hotel Claridge en sus mejores tiempos, con diferencia el establecimiento de carretera más frecuentado en la N-III.  Doy fe de que aquello fue una locura. 


   


En mi novela inacabada -y seguramente ya para siempre inconclusa- Memoria sentimental de la carretera, escribí hace muchos años mis impresiones literarias sobre el hotel Claridge:

Entramos en el túnel que se abría, oscuro y húmedo como el desván de una casona deshabitada, al final del puente de la presa de Alarcón. Había una peligrosa curva a izquierdas a la salida y enseguida se alcanzaban otra vez las vastas llanuras manchegas. La silueta grisácea de hormigón del hotel Claridge apareció ante nuestros ojos. Visto más de cerca tenía una apariencia de fortaleza militar silenciosa e inexpugnable. Cuando estuvimos a su altura puse el intermitente y cruzamos la explanada del aparcamiento, que estaba atestada de autobuses de líneas regulares, para llegar junto a la parcela de césped del mirador panorámico que se asomaba al pantano. Desde allí arriba las aguas verdes, azules y grises del embalse seguían teniendo una presencia pacífica.

(...) Pese a que la mayoría llevarían alguna plaza libre no se podía tomar ninguno de aquellos autobuses hacia ninguna parte. El hotel Claridge sólo era un punto de descanso y avituallamiento para chóferes y pasajeros, no una estación de embarque en donde iniciar ruta (...)

 (...) La potente calefacción de la cafetería del hotel Claridge producía en los recién llegados un adormecimiento febril y un desistimiento desmayado de la voluntad, como si éstos -nosotros ahora-, acabasen de quedar atrapados en el núcleo sofocante de una jungla tropical. La mezcla fermentada de efluvios corporales y de olores alimenticios ya se había vuelto irrespirable a esas horas de la mañana allí dentro. Viajeros mal dormidos y peor afeitados entraban y salían del local con esos pasos vacilantes de los seres de ultratumba mientras los chóferes de los autobuses anunciaban a voces, como si fueran los subastadores de una lonja de pescado, la inminencia de su partida: ¡atención, pasajeros del coche veintidós, nos vamos en cinco minutos!, ¡los del siete a Benicasim, vayan terminando, por favor!, ¡autobús número tres a Madrid pueden ir subiendo!  Un constante trasiego de ganaderías humanas, acarreadas de la meseta a la costa mediterránea y viceversa, acontecía en aquel lugar a todas las horas del día y todos los días del año como un ritual cuya memoria se perdiese en la noche de los tiempos.




(...) Alcanzamos la brillante barra de aluminio del autoservicio de la cafetería arrastrando los pies sobre una alfombra de servilletas de papel grasientas, restos de bocadillos de calamares o de mortadela, sobrecillos de azúcar, envoltorios de emparedados, manchas resbaladizas de ensaladilla rusa y cigarrillos mal apagados. Un molinillo de café asordaba el local con el estruendo que hacían sus aspas eléctricas al triturar los granos, repicaban simultáneamente decenas de cucharillas metálicas en las tazas de café y se oía el constante entrechocar de platos y vasos al otro lado de las puertas de la cocina. El confuso rumor de las conversaciones sonaba de fondo como un abejorreo de colmena para terminar de completar la abigarrada orquestación de aquella algarabía desquiciada. Me mareaba este sitio. Divisé una mesa vacía junto a una ventana que daba al embalse. Me senté. Los desperdicios de varios desayunos de la última madrugada se acumulaban sobre el mantel de papel sin que nadie se hubiera ocupado de recogerlos. En el borde de un vaso se marcaba la huella grosera del carmín de unos labios de mujer. Una mujer que seguramente ya se hallaría a centenares de kilómetros de allí pero que había perdido para siempre una brizna de su alma en el borde de aquel vaso. Los cristales de la ventana recogían el vapor de la condensación provocada por la diferencia entre la temperatura interior y la exterior en unas gotas mínimas que iban resbalando muy despacio por el vidrio dejando un rastro húmedo que parecía el lametón de un gato. Mi compañera de viaje vino a la mesa trayendo dos tazas humeantes de té con limón. Se sentó a mi lado en una de las sillas de plástico. El sol entraba por la ventana y nos daba en la cara calentándonos las mejillas.



El destino del hotel Claridge estaba irremediablemente ligado al porvenir de la carretera nacional de Madrid a Valencia, y con la construcción de la autovía A-3 éste no era muy halagüeño. Cuando a finales del siglo pasado el tráfico dejó de fluir por la N-III, esta antigua ruta en su caída arrastró consigo a la mayoría de los negocios y actividades comerciales que habían florecido durante décadas en sus orillas, condenados ahora al abandono y a la ruina. Pero esta mole colosal de hormigón no está abandonada ni en ruinas, únicamente se encuentra cerrada y en venta desde hace casi veinte años, y sus propietarios parece que tienen bastante interés en preservarla a buen recaudo de saqueadores y vándalos, pues no solo está cercado el recinto con una malla metálica en la que empiezan a aparecer fisuras, sino que cuenta o contaba con presencia activa de cámaras de vigilancia y alarmas de una empresa de seguridad. El solitario edificio, silencioso, decadente, misterioso y un tanto tétrico, ha despertado en los últimos tiempos la curiosidad morbosa de los cada vez más numerosos aficionados a los lugares abandonados que proliferan en blogs y páginas de internet. Pero al parecer sigue siendo tan inaccesible como la cámara secreta de una pirámide egipcia, y a falta de poder entrar en su interior, que sería el sueño húmedo de muchos fisgones, todo son conjeturas acerca del estado de sus instalaciones. Lo más probable es que conserve el mobiliario y todos los elementos y servicios originales de cuando se encontraba en funcionamiento. En alguna de las imágenes de este reportaje, tomadas hace unos años, se pueden apreciar las cortinas echadas en las ventanas que dan a las terrazas y las persianas intactas en el resto de las fachadas.  Incluso no habría que descartar que con cierta regularidad recibiese algún tipo de revisión y mantenimiento, aún siendo de suponer que los suministros básicos de gas, agua y electricidad no estarán operativos. Pero a saber. En cambio, tanto los jardines como la piscina y otras instalaciones exteriores sí empiezan a acusar la degradación del tiempo y de la intemperie.



La pregunta obligada para cerrar este reportaje es obvia: ¿cuál será el futuro a corto o medio plazo del hotel Claridge de Alarcón?  

Teniendo en cuenta que lleva cerrado y en venta casi veinte años, sin que al parecer haya suscitado el interés en firme de ningún posible comprador, es muy difícil responder a esta pregunta. Podría permanecer cerrado otros veinte, cuarenta, sesenta o cien años, o tal vez durante siglos, antes de que el hormigón de su estructura comenzase a debilitarse y el edificio quedara reducido a un montón de ruinas. Probablemente, mucho antes de que esto sucediese, sería demolido por la mano del hombre, y considerando que se encuentra ubicado en un paraje de cierto interés ecológico y paisajístico, no habría que descartar esta posibilidad, aunque sea a muy largo plazo. En todo caso, y estimando que de ser reutilizado el edificio debería destinarse a otros usos diferentes a los de la hostelería, parece que su única salvación pasaría por ser empleado en una nueva actividad, comercial o no, que lo rescatase de su decadencia. El tiempo lo dirá.  

viernes, 17 de julio de 2015

LA N-III EN LA SERIE "LOS CAMIONEROS" (1973)



Un reportaje de Route1963


La célebre serie de televisión Los camioneros, dirigida en el año 1973 por Mario Camus y protagonizada por el actor Sancho Gracia, de la que se produjeron y emitieron un total de trece episodios con una duración media de treinta minutos cada uno, fue probablemente, con la salvedad de algún largometraje, el único producto audiovisual español de ficción dedicado al tema de la carretera en la época. En el año 2006 la serie, rodada originalmente en color, fue digitalizada, remasterizada y recopilada para su comercialización en cinco discos en formato DVD contenidos en un lote o pack indivisible. De uno de esos discos DVD, el que contiene el episodio número 5, es de donde he capturado los fotogramas que ilustran esta entrada del blog.

En mi modesta opinión, creo que la serie no fue una producción televisiva de excesiva calidad. Por una parte, los guiones de los diferentes capítulos son flojos, mal hilvanados y acusan notoria dejadez en su ejecución. Esto da lugar a unas historias un tanto simples y carentes de la necesaria tensión dramática, cuando no pretenciosas e inverosímiles unas veces o excesivamente tópicas y acomodaticias en otras. Por otra parte, a pesar del protagonismo y buen hacer de Sancho Gracia en todos ellos, los diferentes capítulos se antojan inconexos entre sí y huérfanos de un hilo conductor adecuado que pudiera procurarles una unidad narrativa común. Por último, los descuidados diálogos, la endeblez de los papeles y la interpretación de los actores, con alguna meritoria excepción, tampoco ayudan en exceso a mejorar la calidad del producto. En la propia sinopsis de la serie ya se hace evidente la modestia de sus intenciones:

Paco es un camionero de treinta años, mimado por su madre y por su novia, y con fama de "golfo", según él, infundada. Los camiones son su pasión, el azar de las rutas su aliciente. Le suceden historias pequeñas y grandes, sembradas de costumbrismo contemporáneo; un poco de emoción, un poco de riesgo, comidas aquí y allá, largas horas de trabajo con nieve o con calor extremo al volante y, de vez en cuando, un gesto de solidaridad humana. Es la crónica de las aventuras de Paco, camionero por vocación. La serie fue rodada en escenarios naturales variados, que muestran la diversidad de la geografía española y refuerzan, cara al espectador, la imagen del camionero como una especie de moderno nómada. 



En cambio la fotografía, a cargo de Hans Burman, y la banda sonora original, escrita y dirigida por Antón García Abril, dignifican la serie muy por encima de la mediocridad del guión. Pero en todo caso estas historias de camioneros se dejan ver muy gustosamente cuarenta años después, y puede decirse que la obra tiene ahora ese valor añejo y testimonial de otro tiempo -los primeros años 70 en España- del que carecía cuando fue rodada.  Y es que, para los buenos aficionados al tema de la automoción clásica y de las antiguas carreteras españolas, los generosos exteriores y los vehículos mostrados profusamente en la serie a lo largo de diferentes y muy variados escenarios de todo el país, adquieren hoy en día un valor documental impagable.

Uno de estos escenarios, aunque no lo suficientemente aprovechado a mi entender, es la carretera de Madrid a Valencia, o N-III, que aparece en el episodio 5 titulado, con la habitual racanería imaginativa de sus guionistas, como Tabaco y naranjas a mitad de precio. La historia narrada en este episodio es también, probablemente, una de las peores, más descuidadas e inverosímiles de toda la serie. A cambio nos obsequia, sin embargo, con unos magníficos exteriores de Madrid y su tráfico rodado y una interesante y extensa excursión por la N-IV entre la capital y las proximidades de Aranjuez, todo ello en el disparatado final del episodio y en detrimento de mejores exteriores previos en la N-III. Pero el guión, aunque sea muy flojo, es el que manda, y a él se deben las imágenes y el desarrollo de la acción. Esta es la sinopsis de la historia que aparece en el reverso de la caja del DVD:

Paco viaja en compañía de Brito, "El Gafe" hacia Valencia. En un bar de carretera recogen a Haydee, una muchacha argentina que les explica que ha sido víctima de un robo y que lleva consigo un saco lleno de cartones de tabaco. Cuando los camioneros la conducen a un cuartelillo para que denuncie el robo, Haydee desaparece. De regreso a Madrid, la muchacha que se había ocultado en el remolque, roba el camión y huye. Paco emprende la persecución en moto y logra recuperar el camión.


 
El Pegaso de la compañía de transportes Empresa Montaña cruza la coronación de la presa del embalse de Alarcón, conducido por Sancho Gracia en compañía del segundo conductor, el actor Antonio Iranzo, de camino a Valencia. Al salir de Madrid han comentado que si no hay novedad tardarán cinco horas en llegar a la capital levantina. Estamos en el año 1973 (tal vez la serie fue rodada al menos un año antes), y el camión lleva en el semirremolque un disco que indica su limitación legal de velocidad a 60 km/h., con lo cual cinco horas se nos antojan muy escasas e improbables para cubrir la distancia que separa ambas ciudades. Pero la historia en realidad va a transitar por otros derroteros no mucho más verosímiles.


Nuestros camioneros se han quedado sin tabaco y deciden detenerse en el primer pueblo para aprovisionarse de cigarrillos. En el cartel de dirección coincidente de la N-III que aparece en el fotograma puede leerse: Tarancón 115, Madrid 197. Nos encontramos, pues, en Motilla del Palancar o en sus proximidades, pero las fugaces escenas exteriores no muestran elementos demasiado significativos de esta localidad, o no al menos que puedan serlo después de cuarenta años para quienes no hemos residido nunca en ella. Pero también es posible que los exteriores hubieran sido rodados en otro lugar y luego montados en la película. Lo cierto es que aparcan el camión y entran en un bar del pueblo en donde no venden cigarrillos. Absolutamente inverosímil en un establecimiento de carretera de la España de los 70, en donde lo habitual es que se vendieran más paquetes de tabaco que bocadillos. Y a partir de aquí, con la aparición de la atractiva y absurda señorita argentina que va cargada de cartones de tabaco y que dice haber sufrido un robo y el abandono de su novio, la historia deriva ya sin solución hacia el disparate absoluto. 

 
 


Pero por lo menos estos rocambolescos derroteros de la historia sirven de pretexto para mostrarnos algunas hermosas imágenes monumentales y paisajísticas de los alrededores del pueblo de Alarcón, lo cual es muy de agradecer. Y aunque no vemos en ningún momento al Pegaso cruzar bajo esos arcos medievales, queremos creer que su gálibo se lo permitía, porque de otro modo habría sido necesario recurrir a complicados trucos o montajes cinematográficos, y no parece que la serie anduviese muy sobrada de presupuesto ni de ambición para tales cuestiones. 


Minutos después, este fotograma de la España profunda, con su buzón de Correos gris ceñido por los colores de la enseña rojigualda frente al destartalado cuartelillo de la Guardia Civil, nos reconcilia con una trama que se vuelve antipática e indigesta por momentos. Y eso que estamos omitiendo la mayor parte de los detalles de tan insustancial guión para quedarnos sólo con los aspectos que nos interesan. 

 


  
Temporalmente liberados de la presencia de la irritante señorita argentina (o eso creen ellos y deseamos en vano los espectadores), nuestros esforzados profesionales de la ruta vuelven a la N-III sentido Valencia. Estas largas rectas y el paisaje circundante nos permiten ubicar las escenas en los tramos de carretera comprendidos entre Motilla del Palancar y Minglanilla. Es interesante observar la pintura amarilla de la señalización horizontal de la calzada, pero sólo en las líneas centrales que delimitan ambos carriles, porque las que delimitan los arcenes están pintadas de blanco. Muy poco tiempo después, hacia 1974 ó 1975, el Código de la Circulación español establecería la pintura blanca para toda la señalización horizontal viaria, quedando limitada la pintura amarilla a las zonas de obras, tal y como sigue vigente en la actualidad. 



Poco después, ya llegando a Valencia según comentan los protagonistas, recorremos este tramo de carretera que casi con toda seguridad estoy convencido de que no se corresponde con la N-III. Pero podría estar equivocado. ¿Alguno de los lectores reconoce este lugar?  En cualquier caso no identifico el entorno y prefiero recrearme en la contemplación de esos postes telefónicos (¿o telegráficos?) de cinco mástiles, o como se denominasen técnicamente, que ya es imposible o al menos improbable encontrar en las carreteras españolas.



Una vez cargado el camión con varias toneladas de naranjas en algún almacén indeterminado de Valencia o su provincia, los camioneros regresan a Madrid por la noche. A poco de comenzar el viaje de vuelta se detienen a cenar en un restaurante de carretera. Sancho Gracia ojea el diario Levante mientras Antonio Iranzo, al que le corresponde conducir de regreso, se dispone a comer un plato de paella. No falta la botella de vino tinto, por supuesto, porque eran otros tiempos y el alcohol al volante no estaba tan proscrito y castigado como ahora por la Ley. En otras escenas anteriores les hemos visto beber cerveza y todavía les veremos en las escenas finales tomarse una copa de coñac. Sancho Gracia por fin cierra el periódico y cena también su correspondiente plato de paella acompañado de algún vaso de vino.

 
Una pareja nocturna de la Guardia Civil de Tráfico, a bordo de sus tradicionales motos Sanglas, hace acto de presencia en el lugar, sin que su aparición tenga otro propósito más allá de la mera ambientación escénica. Un detalle acertado que se agradece.





Con las primeras luces del día los camioneros llegan a Madrid. Esto demuestra que en ningún caso era posible que realizasen el viaje en cinco horas, ni siquiera yendo de vacío. Antonio Iranzo, al volante, despierta a su compañero Sancho Gracia, que duerme en la litera trasera. Interesantes escenas de la N-III, desde diez años antes convertida en autovía en esta zona a la altura de Moratalaz y Vallecas, con el parque móvil de la época circulando por la carretera a través de los carriles pintados de amarillo. 

Hasta aquí todo cuanto concierne a la carretera Madrid-Valencia en este episodio, pero ya que estamos metidos en materia lo analizaremos hasta el final, puesto que en su desenlace, no menos disparatado que su desarrollo, encontramos las escenas y fotogramas más interesantes de la historia.






El mercado de Legazpi, en Madrid, centro neurálgico del abastecimiento de víveres de la capital en la época y lugar de destino de la mayoría de los camiones que entraban en la ciudad cargados de alimentos. Hasta allí llegan nuestros protagonistas con su mercancía de cítricos valencianos, y podemos observar a placer el parque móvil pesado español de antaño: Avias, Barreiros, Ebros, Pegasos, DKW... Un panorama maravilloso para los más nostálgicos.





Pero también somos dichosamente obsequiados con varias tomas aéreas del tráfico rodado de la ciudad, sus edificios y sus anuncios, lo que nos permite comprobar cuánto ha cambiado Madrid en estos últimos cuarenta años. 





Mientras esperaban para descargar la mercancía, los protagonistas sufren el robo del camión, a manos de, ¡cómo no!, la irritante y estúpida antagonista llamada Haydee, que había viajado oculta en el semirremolque desde el día de la víspera, cuando la encontraron en un bar de carretera de la provincia de Cuenca. Poco verosímil que en aquella época una mujer supiera conducir un camión, y mucho menos que se atreviera a sustraerlo, pero vamos a pasar por alto el detalle para deleitarnos con estos fotogramas urbanos en los que Sancho Gracia trata de hacerse desesperadamente con un vehículo para salir en persecución de su camión robado. Seat 600, 850, 1500... Un Pegaso, algún Morris y esa furgoneta Sava de Madalenas Ortiz con matrícula de Alicante. Entrañable parque móvil que circulaba por las calles de las ciudades españolas en los primeros años setenta.







Finalmente Sancho Gracia (Paco, en la serie) se apropia de una vieja Vespa en marcha sin que apenas oponga resistencia su conductor, y sale en persecución del camión robado, que ya le lleva cierta ventaja. En estos fotogramas podemos ver un microtaxi Renault 8 (bandas amarillas) circulando por delante de un taxi Seat 1500, un autobús Leyland de la EMT precedido por otro autobús Pegaso o Barreiros de color verde perteneciente a alguna línea periférica de la capital (de la compañía Trapsa, muy probablemente), y algunos elementos urbanos, como el cartel de dirección coincidente de la N-IV en el inicio de la misma, en el que se lee Aranjuez 44, Ocaña 58.








La persecución en Vespa (y por supuesto sin casco para el piloto, ya que entonces no era obligatorio), resulta muy de película de acción trepidante (aunque la moto parece correr bastante más de lo que podría hacerlo en la realidad), y nos permite deleitarnos con un sinfín de imágenes de la N-IV a la salida de Madrid y en algunos otros tramos emblemáticos, como la conocida Cuesta de la Reina, en las proximidades de Aranjuez. Como ya vimos y comentamos anteriormente en la N-III, la señalización horizontal está pintada de amarillo en las líneas delimitadoras de los carriles y de blanco en las correspondientes a los arcenes. Por lo demás, mientras la Vespa alcanza al Pegaso robado, lo que no sucederá hasta las cercanías de Aranjuez, podemos entretenernos con el tráfico rodado que circula por la carretera, formado por muchos de los modelos de camiones y automóviles más emblemáticos de los años sesenta y setenta en España. También asoma entra la vegetación en la cuneta derecha, en uno de los fotogramas, el hito kilométrico rojo correspondiente de la época del Plan Peña, elementos indicadores que ya empezaban a ser reemplazados por la señalización metálica, pero que hasta su definitiva implantación seguían estando vigentes y sometidos a conservación y mantenimiento.




La peculiar orografía de la N-IV en la vega del Tajo madrileña, con sus característicos toboganes y cambios de rasante, curvas peraltadas, rampas y pendientes zigzagueantes. Pero también los carteles publicitarios (neumáticos General, Cointreau, Mirinda, vino Montecillo...) que entonces no sólo no estaban prohibidos como ahora en las carreteras sino que le añadían un toque colorista al paisaje y no creo que por ello se distrajeran los conductores, razón por la que fueron suprimidos.



Y por último, otro hito kilométrico del Plan Peña, éste bien visible y correspondiente al km.38 de la N-IV en pleno descenso sentido Andalucía de la temible y mítica Cuesta de la Reina anteriormente comentada, en donde tantos vehículos pesados de antaño tenían dificultades para salvar el pronunciado y largo ascenso en sentido Madrid.



Y con este fotograma concluimos el reportaje. Sancho Gracia recupera su camión, por supuesto, pero esto es lo de menos. A decir verdad, casi todo lo que no sean escenas de carretera y vehículos en la serie Los camioneros, me parece superfluo. Pero sólo por ello merece la pena ver y recrearse en todos sus episodios una y cien veces: constituyen un excepcional y exhaustivo documento de la historia de la automoción española clásica de hace medio siglo.