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miércoles, 19 de octubre de 2016

HOTEL CLARIDGE DE ALARCÓN. Esplendor y decadencia.





Un reportaje de Route 1963


Un clásico y todo un icono arquitectónico de la N-III, el hotel Claridge de Alarcón fue inaugurado en 1969 y cerrado apenas treinta años después, cuando la carretera se vio abocada a la decadencia más absoluta como consecuencia de la puesta en servicio del tramo de la autovía A-3 entre Honrubia y Motilla del Palancar. Situado en el km.184´6, junto al embalse de Alarcón y a medio camino entre Madrid y Valencia, se alza sobre una superficie total de 122.000 metros cuadrados de parcela, con 6.000 metros cuadrados construidos en cuatro plantas, siendo considerado por sus peculiares características como un edificio emblemático de Castilla La Mancha. En palabras de algunos expertos en la materia, se trata de un interesantísimo ejemplo de arquitectura de los años sesenta, en la que repetición y modularidad buscaban, en aparente paradoja, resultados siempre singulares. La identificación entre forma, función y estructura, la utilización de módulos seriados, la fluidez y continuidad de los paramentos curvos y la construcción con hormigón visto evidencian que el asentamiento de la modernidad en España asimiló simultáneamente la arquitectura orgánica, el estilo internacional y la influencia brutalista del último Le Corbusier.




No obstante, para otros arquitectos más puristas y contemporáneos, este edificio constituye toda una aberración estistica en el entorno rural en el que fue construido, y para muchos profanos resulta una construcción chocante, estrambótica y completamente postiza en medio del paisaje cotidiano de la carretera. Lo visité decenas de veces mientras estuvo en servicio y he de admitir que me parece una construcción original y atractiva, pero siempre le he encontrado más similitudes morfológicas con un búnker o una instalación militar que con un establecimiento de hostelería. Y no por casualidad, en 2014 se rodó allí una película bélica en la que el hotel Claridge simulaba ser un edificio de la ONU en alguna zona de conflicto, con carros de combate y otros vehículos blindados aparcados en su explanada.







El esplendor, o época dorada del hotel Claridge, tuvo lugar entre mediados de los años setenta y principios de los noventa del pasado siglo, cuando la inmensa mayoría de los autobuses de líneas regulares que transitaban por la N-III tenían estipulada una parada en el establecimiento, que permanecía abierto 24 horas al día durante los 365 días del año. En el caso de Auto-Res, concesionaria oficial de la línea regular Madrid-Valencia-Madrid, la parada era de obligado cumplimiento, ya que el hotel pertenecía a la empresa, existiendo igualmente otro hotel homónimo en Madrid, plaza de Conde de Casal, comienzo de la N-III ya desde los años sesenta, y colindante con la antigua estación de autobuses, ya desaparecida, de la calle Fernández Shaw. Sin embargo, el hotel Claridge de Alarcón no había nacido con la vocación limitada de constituirse en un nuevo y elegante establecimiento de carretera en tan importante ruta nacional. Tratándose de un hotel de tres estrellas con amplias y cómodas habitaciones, piscina, pistas de tenis, zonas recreativas y espléndidas vistas al embalse de Alarcón, su ambiciosa apuesta era claramente turística y excedía en mucho al modesto propósito de ser un mero lugar de paso para transeúntes, función que ya cumplían sobradamente otros establecimientos vecinos más veteranos. La mayoría de ellos nunca habían alcanzado mayor categoría que la de simples quioscos o merenderos, cuando en España estaba de moda que los viajeros llevasen consigo sus propias provisiones de boca, ya fuesen bocadillos o comidas más elaboradas, cuyo consumo estaba permitido en estos locales a condición de que la consumición de bebidas y de cafés se realizase en los mismos, pues en eso consistía su negocio.


 


Pero una cuestión era la visión comercial de los promotores del hotel Claridge, y otra la realidad de las circunstancias no del todo favorables en aquella zona y en aquella época para la explotación turística de un establecimiento de estas características (con la cercana competencia, además, del Parador Nacional de Turismo de Alarcón, alejado de la N-III, si bien ubicado en un entorno paisajístico mucho más privilegiado), de modo que el Claridge habría de conformarse con poder cumplir un digno papel de hostal de carretera, pulcro, ostentoso y de gran calidad, eso hay que reconocerlo. La mayoría de los clientes de sus instalaciones eran viajeros de paso de las líneas regulares de autobuses, como queda dicho, pero también es cierto que, sobre todo en época estival y en fines de semana, el hotel alojaba en sus habitaciones huéspedes estables, generalmente parejas jóvenes o familias con niños, que realizaban cortas pernoctaciones y disfrutaban de las instalaciones recreativas del establecimiento. No era infrecuente ver algunos en bañador en la cafetería, mezclados con el público transeúnte, lo que resultaba siempre curioso y hasta cierto punto anacrónico.

Un verdadero ejército de camareras y camareros aguardaba a pie firme tras la extensa barra de la cafetería la llegada de las flotas de autobuses que descargaban centenares de viajeros en cuestión de minutos y casi siempre a unas horas fijas y conocidas por el personal de servicio, tanto de día como de noche o de madrugada, lo que les permitía estar constantemente preparados para atender tales avalanchas de público. Y tenían que ser rápidos y diligentes, porque las paradas solían ser muy breves, entre veinte y treinta minutos, y en ese tiempo se veían obligados a servir cantidades ingentes de cafés, bocadillos y refrescos a una vociferante parroquia que se amontonaba desordenada frente al mostrador. Cuando cada expedición regresaba en tropel a los autobuses, atendiendo la llamada de los chóferes correspondientes, que advertían con severidad de la inminente partida, el local quedaba tan sucio y denigrado como si lo hubieran visitado las mismísimas hordas de Atila. Y entonces entraba en acción otro ejército de servicio encargado de restablecer la limpieza y el orden dentro de lo posible, pero rara vez lo conseguían, porque las avalanchas de público se solapaban unas con otras, y no disponían de tiempo para acabar su tarea. Miles de personas visitaban diariamente la cafetería del hotel Claridge en sus mejores tiempos, con diferencia el establecimiento de carretera más frecuentado en la N-III.  Doy fe de que aquello fue una locura. 


   


En mi novela inacabada -y seguramente ya para siempre inconclusa- Memoria sentimental de la carretera, escribí hace muchos años mis impresiones literarias sobre el hotel Claridge:

Entramos en el túnel que se abría, oscuro y húmedo como el desván de una casona deshabitada, al final del puente de la presa de Alarcón. Había una peligrosa curva a izquierdas a la salida y enseguida se alcanzaban otra vez las vastas llanuras manchegas. La silueta grisácea de hormigón del hotel Claridge apareció ante nuestros ojos. Visto más de cerca tenía una apariencia de fortaleza militar silenciosa e inexpugnable. Cuando estuvimos a su altura puse el intermitente y cruzamos la explanada del aparcamiento, que estaba atestada de autobuses de líneas regulares, para llegar junto a la parcela de césped del mirador panorámico que se asomaba al pantano. Desde allí arriba las aguas verdes, azules y grises del embalse seguían teniendo una presencia pacífica.

(...) Pese a que la mayoría llevarían alguna plaza libre no se podía tomar ninguno de aquellos autobuses hacia ninguna parte. El hotel Claridge sólo era un punto de descanso y avituallamiento para chóferes y pasajeros, no una estación de embarque en donde iniciar ruta (...)

 (...) La potente calefacción de la cafetería del hotel Claridge producía en los recién llegados un adormecimiento febril y un desistimiento desmayado de la voluntad, como si éstos -nosotros ahora-, acabasen de quedar atrapados en el núcleo sofocante de una jungla tropical. La mezcla fermentada de efluvios corporales y de olores alimenticios ya se había vuelto irrespirable a esas horas de la mañana allí dentro. Viajeros mal dormidos y peor afeitados entraban y salían del local con esos pasos vacilantes de los seres de ultratumba mientras los chóferes de los autobuses anunciaban a voces, como si fueran los subastadores de una lonja de pescado, la inminencia de su partida: ¡atención, pasajeros del coche veintidós, nos vamos en cinco minutos!, ¡los del siete a Benicasim, vayan terminando, por favor!, ¡autobús número tres a Madrid pueden ir subiendo!  Un constante trasiego de ganaderías humanas, acarreadas de la meseta a la costa mediterránea y viceversa, acontecía en aquel lugar a todas las horas del día y todos los días del año como un ritual cuya memoria se perdiese en la noche de los tiempos.




(...) Alcanzamos la brillante barra de aluminio del autoservicio de la cafetería arrastrando los pies sobre una alfombra de servilletas de papel grasientas, restos de bocadillos de calamares o de mortadela, sobrecillos de azúcar, envoltorios de emparedados, manchas resbaladizas de ensaladilla rusa y cigarrillos mal apagados. Un molinillo de café asordaba el local con el estruendo que hacían sus aspas eléctricas al triturar los granos, repicaban simultáneamente decenas de cucharillas metálicas en las tazas de café y se oía el constante entrechocar de platos y vasos al otro lado de las puertas de la cocina. El confuso rumor de las conversaciones sonaba de fondo como un abejorreo de colmena para terminar de completar la abigarrada orquestación de aquella algarabía desquiciada. Me mareaba este sitio. Divisé una mesa vacía junto a una ventana que daba al embalse. Me senté. Los desperdicios de varios desayunos de la última madrugada se acumulaban sobre el mantel de papel sin que nadie se hubiera ocupado de recogerlos. En el borde de un vaso se marcaba la huella grosera del carmín de unos labios de mujer. Una mujer que seguramente ya se hallaría a centenares de kilómetros de allí pero que había perdido para siempre una brizna de su alma en el borde de aquel vaso. Los cristales de la ventana recogían el vapor de la condensación provocada por la diferencia entre la temperatura interior y la exterior en unas gotas mínimas que iban resbalando muy despacio por el vidrio dejando un rastro húmedo que parecía el lametón de un gato. Mi compañera de viaje vino a la mesa trayendo dos tazas humeantes de té con limón. Se sentó a mi lado en una de las sillas de plástico. El sol entraba por la ventana y nos daba en la cara calentándonos las mejillas.



El destino del hotel Claridge estaba irremediablemente ligado al porvenir de la carretera nacional de Madrid a Valencia, y con la construcción de la autovía A-3 éste no era muy halagüeño. Cuando a finales del siglo pasado el tráfico dejó de fluir por la N-III, esta antigua ruta en su caída arrastró consigo a la mayoría de los negocios y actividades comerciales que habían florecido durante décadas en sus orillas, condenados ahora al abandono y a la ruina. Pero esta mole colosal de hormigón no está abandonada ni en ruinas, únicamente se encuentra cerrada y en venta desde hace casi veinte años, y sus propietarios parece que tienen bastante interés en preservarla a buen recaudo de saqueadores y vándalos, pues no solo está cercado el recinto con una malla metálica en la que empiezan a aparecer fisuras, sino que cuenta o contaba con presencia activa de cámaras de vigilancia y alarmas de una empresa de seguridad. El solitario edificio, silencioso, decadente, misterioso y un tanto tétrico, ha despertado en los últimos tiempos la curiosidad morbosa de los cada vez más numerosos aficionados a los lugares abandonados que proliferan en blogs y páginas de internet. Pero al parecer sigue siendo tan inaccesible como la cámara secreta de una pirámide egipcia, y a falta de poder entrar en su interior, que sería el sueño húmedo de muchos fisgones, todo son conjeturas acerca del estado de sus instalaciones. Lo más probable es que conserve el mobiliario y todos los elementos y servicios originales de cuando se encontraba en funcionamiento. En alguna de las imágenes de este reportaje, tomadas hace unos años, se pueden apreciar las cortinas echadas en las ventanas que dan a las terrazas y las persianas intactas en el resto de las fachadas.  Incluso no habría que descartar que con cierta regularidad recibiese algún tipo de revisión y mantenimiento, aún siendo de suponer que los suministros básicos de gas, agua y electricidad no estarán operativos. Pero a saber. En cambio, tanto los jardines como la piscina y otras instalaciones exteriores sí empiezan a acusar la degradación del tiempo y de la intemperie.



La pregunta obligada para cerrar este reportaje es obvia: ¿cuál será el futuro a corto o medio plazo del hotel Claridge de Alarcón?  

Teniendo en cuenta que lleva cerrado y en venta casi veinte años, sin que al parecer haya suscitado el interés en firme de ningún posible comprador, es muy difícil responder a esta pregunta. Podría permanecer cerrado otros veinte, cuarenta, sesenta o cien años, o tal vez durante siglos, antes de que el hormigón de su estructura comenzase a debilitarse y el edificio quedara reducido a un montón de ruinas. Probablemente, mucho antes de que esto sucediese, sería demolido por la mano del hombre, y considerando que se encuentra ubicado en un paraje de cierto interés ecológico y paisajístico, no habría que descartar esta posibilidad, aunque sea a muy largo plazo. En todo caso, y estimando que de ser reutilizado el edificio debería destinarse a otros usos diferentes a los de la hostelería, parece que su única salvación pasaría por ser empleado en una nueva actividad, comercial o no, que lo rescatase de su decadencia. El tiempo lo dirá.  

martes, 16 de septiembre de 2014

CORTOMETRAJE "NORMA"





El 29 de Abril pasado publicamos en el blog esta entrada, que enlazamos ahora, aprovechando entonces la interesante y curiosa circunstancia de que el director del proyecto de un cortometraje cinematográfico se había puesto en contacto con nosotros solicitando nuestra ayuda para la localización de exteriores. Buscaban un restaurante u hostal de carretera en el entorno de la N-III para ambientar su película en los años 70 del pasado siglo. Todos los pormenores de esta búsqueda y los resultados finales de la misma han quedado descritos en la entrada citada, si bien otros detalles más concretos o específicos sobre el cortometraje decidimos omitirlos entonces. 

David Rodríguez Aguilera, que así se llama el director de este cortometraje titulado NORMA, amablemente se ha vuelto a poner en contacto con nosotros para comunicarnos que la película se encuentra ya en la fase de postproducción y para presentarnos algunos fotogramas, el cartel de portada y la página de Facebook recién creada con objeto de promocionar el corto. Gustosamente nos hacemos eco desde aquí de estas satisfactorias novedades y quedamos a la espera de nuevas noticias relacionadas con este proyecto. 

Y por último, como puede apreciarse en el cartel de portada del cortometraje que ilustra esta entrada, sólo nos queda desvelar que el establecimiento en el entorno de la N-III elegido por los cineastas fue finalmente el BAR-RESTAURANTE SAN BARTOLOMÉ, en La Almarcha (Cuenca), que al parecer lleva ya algunos años cerrado y que cobró repentina vida durante algunas jornadas como consecuencia del rodaje de determinadas escenas de la película. 

Más información sobre este cortometraje en su página de Facebook oficial. 

 

martes, 29 de abril de 2014

ANTIGUAS FONDAS, BARES DE CARRETERA Y HOSTALES EN LA N-III.




Recientemente ha establecido contacto con nosotros, después de descubrir este blog, un director y productor de cine ocupado en la actualidad en la tarea de localización de exteriores para un cortometraje ambientado en los años 70 del pasado siglo, cuyo rodaje parece inminente. No sabemos si es imprescindible para el guión del cortometraje que la ambientación de época se desarrolle en el entorno de la antigua N-III, o bien esto resulta accesorio y circunstancial, pero lo cierto es que ha solicitado nuestra colaboración para que le ayudemos a localizar alguna fonda, bar, hostal o restaurante de carretera ya añejo en esta ruta casi abandonada que fue la nacional de Madrid a Valencia durante muchas décadas.

Y desde luego difícilmente podría haber encontrado el cineasta un sitio más acertado para su solicitud que este blog, en donde nos dedicamos desde hace más de un año a mostrar todos los aspectos de esta carretera condenada ya por fuerza a ser histórica, y apoyados además por el peso y la experiencia de varios años más que llevamos recorriéndola de manera exhaustiva e intensiva con el objeto de realizar en un futuro próximo un video documental sobre ella. Por consiguiente, la demanda de colaboración ha sido atendida de inmediato y con sumo interés por nuestra parte, y acabamos de concluirla con éxito, después de varias intervenciones, toda vez que el establecimiento hostelero de la N-III con las características precisas requeridas para la ambientación en los años 70 del filme ha sido ya encontrado a plena satisfacción artística y/o técnica del equipo de rodaje.

No lo desvelaremos por aquí, desde luego, puesto que no nos parece conveniente y su elección resulta completamente ajena a los propósitos de este reportaje. Sin embargo, sí aparecerá entre alguna de las imágenes que hemos seleccionado para el mismo. Sin entrar en las características concretas que debía reunir este establecimiento de carretera para la ambientación del corto -y que a nosotros tampoco nos han sido referidas con excesivo detalle-, el hecho es que hemos recurrido a la memoria y a la siempre inestimable ayuda de Google Maps/Street Views para localizar los escenarios pretendidos. Ciertamente, muchos de estos escenarios los tenemos convenientemente fotografiados y filmados después de las numerosas andanzas que hemos llevado a cabo por la N-III como parte de los trabajos de campo para el documental. Pero para la colaboración que se nos solicitaba se hacía necesaria otro tipo de información más objetiva, puesto que a partir de los enlaces a Google Maps/Street View que le hemos facilitado, nuestro cineasta se lanzaba a la carretera a visitar los establecimientos y lugares sugeridos para verificar si podían resultan idóneos para su cortometraje, lo que después de varios intentos fallidos previos ha sucedido por fin.



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Arriba, el MESÓN HONRUBIA, cerrado desde hace tiempo. Sobre estas líneas, la VENTA DE CONTRERAS, todavía en funcionamiento. (Haciendo clic sobre cada imagen se abre el correspondiente enlace a Google Maps/Street View).


Y a propósito del material aportado para tan interesante asunto cinematográfico, nos ha parecido idóneo dedicarle al tema de las fondas, bares, hostales o restaurantes de carretera de la antigua N-III este reportaje propio en el blog, ya que no nos habíamos ocupado con anterioridad de él. Resulta desde luego imposible concebir la historia de esta carretera sin el protagonismo que a lo largo de los años han tenido todos los establecimientos de hostelería asentados en sus orillas, la mayoría de los cuales, por desgracia, han ido desapareciendo como consecuencia del desdoblamiento de la primitiva ruta en la moderna autovía A-3 y la subsiguiente disminución e incluso casi absoluta desaparición del tránsito rodado en el trazado original que todavía se conserva. Un abandono de la carretera general de Madrid a Valencia que también ha arrastrado a la extinción a talleres, gasolineras y otros servicios asociados a la carretera. 

Como consecuencia de ello, una vez perdidas todas sus expectativas comerciales, muchos de estos establecimientos han llegado a desaparecer incluso físicamente, es decir, han sido demolidos completa o parcialmente, en cuyo último caso aún se conservan ruinosos vestigios de ellos. Pero por ahora los que a nosotros nos interesan son los que aún se mantienen en pie, unos -los menos- todavía en funcionamiento, y otros -la mayoría de ellos- ya cerrados a cal y canto para siempre, pero conservando impoluta una hermosa dignidad hecha de nostalgia y decadencia que nos habla de tiempos pasados que fueron diferentes y, quizá, mejores. Tal vez si los muros, paredes y mostradores de estos viejos restaurantes y hostales de carretera pudieran hablar, podrían ilustrarnos sobre la vida y milagros de la ruta nacional de Madrid a Valencia mejor que millones de libros de historia que se pudieran escribir al respecto. Porque todo cuanto se ha hablado y escrito sobre el pasado de esta carretera y de todas las demás de nuestro país representa apenas una fracción infinitesimal y cualitativamente despreciable de su realidad completa y humanamente inabarcable.

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El Claridge, construido en 1969 y considerado como un referente arquitéctonico y patrimonial de Castilla-La Mancha, representa mejor que ningún otro hotel de carretera el paradigma de la decadencia, la ruina y el fracaso una vez que la antigua N-III fue abandonada. En los tiempos de mayor esplendor pasaban las 24 horas del día por sus instalaciones miles de viajeros de camino a Levante o a Madrid, y era parada casi obligada de todas las líneas regulares de autobuses de esta ruta. Lleva años en venta, sin encontrar comprador. Su destino es el olvido y, tal vez, no tardando mucho, la piqueta.


La historia de estos establecimientos de carretera de la antigua N-III es la historia de los fragmentos dispersos y fugaces de las vidas de todos y cada uno de los cientos o miles de millones de viajeros que hicieron escala en ellos alguna vez a lo largo de un tiempo tan dilatado como impreciso. Millones de seres en tránsito que tomaron un bocadillo, un menú o un café en sus instalaciones. Millones de individuos acarreados de un lugar a otro por el destino que aliviaron la vegija en sus urinarios. Millones de almas en gracia o en desdicha que alguna vez durmieron, amaron e incluso murieron en sus camas. Millones de biografías anónimas que jamás dejarían el menor rastro ni recuerdo perdurable sobre barras y mostradores una vez finalizadas sus consumiciones apresuradas y reanudados sus viajes. Una humanidad ingente compuesta por individuos de todas las razas y naciones del mundo que alguna vez, por azar o  propósito deliberado, pusieron los pies en estos locales de carretera, desde Vallecas o Arganda hasta Requena o Valencia, pasando por todos los jalones intermedios del ameno camino al Mediterráneo. La historia de estos establecimientos de carretera de la antigua N-III es, a la postre, hiperbólicamente, la historia total del universo, aunque sólo se refiera a una breve y humilde senda terrenal de 350 kilómetros durante un período de tiempo de siglo y medio, o menos.

Pero la finitud y caducidad del ser humano se refleja también en sus construcciones comerciales, que aunque le sobreviven materialmente en cada época concreta, acaban por extinguirse también cuando la función para la que fueron creadas desaparece o se transforma. Y en este sentido, desde un punto de vista pasivo, una carretera es un elemento generador de vida, desarrollo y progreso mientras funciona activamente comunicando unos lugares con otros, para convertirse en un poderoso agente destructor y disolvente en el momento en que es abandonada o relegada a un rango menor. Ocurrido esto, toda la vida floreciente que se desarrollaba a su alrededor está condenada a desaparecer de manera inexorable.

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BAR SORIA, en Saelices. Abandonado a saber desde cuándo. En todos estos arcaicos establecimientos de carretera va sobreviviendo a la intemperie esa curiosa grafía de sus nombres pintados en las fachadas con extravagantes caracteres que nos devuelven a otra época y que deberían ser objeto de estudio por parte de calígrafos, publicistas, diseñadores gráficos o expertos en bellas artes. Pero no nos hagamos ilusiones. Casi nadie les prestará la menor atención. Estamos en España.


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SAN BARTOLOMÉ, en La Almarcha. En este caso su decadencia se encuentra asociada a la de la gasolinera que se ubica frente a él. Ambos negocios languidecen lentamente si es que no han sufrido ya su amortización definitiva.

Pero aparte de consideraciones filosóficas o pretendidamente literarias sobre su función histórica, el aspecto estético y arquitectónico de estos establecimientos de carretera es también merecedor de una minuciosa observación. Y en este sentido lo primero que sorprende es la uniformidad o cuando menos la similitud morfológica en el diseño funcional de estos edificios en todas las carreteras españolas, no sólo en la antigua N-III. Dicho de otro modo, podrían ser transplantados de un lugar a otro distante centenares de kilómetros y en provincias y regiones diferentes, sin que pareciesen desubicados de su emplazamiento original. Salvo excepciones aisladas, no existe una típica arquitectura local para los bares, hostales o fondas de carretera, y sus diferentes elementos de construcción y de diseño son homologables a todos los establecimientos del país, cada uno dentro de su rango y categoría, por supuesto. Porque aquí también hay clases y clasificaciones, desde los negocios de hostelería más pretenciosos y rimbombantes, con estéticas suntuosas y llamativas, hasta los locales más humildes y modestos, que a menudo ofrecen un aspecto exterior destartalado y deplorable, sobre todo cuando el paso del tiempo y la ausencia de reformas en sus instalaciones se han dejado sentir demasiado, aunque todavía se encontrasen en funcionamiento. Después, cuando inevitablemente llegan la decadencia y el abandono previo cese de la actividad comercial, unos y otros adquieren la misma estética ruinosa y polvorienta que ya los iguala para siempre en su fracaso común.

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HOSTAL SAN CRISTÓBAL, también en La Almarcha (Cuenca). Probablemente se le haya realizado algún lavado de cara a la fachada, pero los vetustos carteles que sobresalen perpendiculares a la misma para mayor visibilidad siguen conservando su añejo encanto de otros tiempos.



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Saliendo de La Hinojosa en dirección Valencia nos encontramos con esta lamentable ruina que ni siquiera ha conservado su nombre ni elemento distintivo alguno de su pasado hostelero. La supresión de la travesía de la N-III por la localidad, hace ya muchos años, lo dejó herido de muerte. Y a juzgar por su amplia explanada exterior capaz de albergar cómodamente bastantes vehículos, incluso autobuses y camiones, es de suponer que vivió tiempos pasados de gran actividad y pujanza.


Pero el ser o no ser de estos establecimientos moribundos de la N-III tiene mucho que ver no sólo con el desdoblamiento en autovía de la primitiva carretera general, sino también, y en gran medida, con la transformación de los usos y costumbres viajeras de los ciudadanos como consecuencia de las mejoras técnicas introducidas por el progreso en la red viaria y en los vehículos. Todavía en los años setenta del pasado siglo un viaje Madrid-Valencia (o viceversa) en automóvil podía durar sus buenas seis horas, y casi ninguna exenta de algún sobresalto o contrariedad, por leves que fuesen. Los automóviles tampoco ofrecían grandes comodidades ni la fiabilidad mecánica, las prestaciones y el confort de marcha del que hoy disfrutamos, y esto dejando de lado las penosas condiciones en las que se encontraban en España casi todas sus carreteras, sin excepción de dos carriles, uno por sentido, con los consiguientes riesgos que conllevaba circular por ellas. Todas estas circunstancias concretas, como es obvio, obligaban a los conductores a detenerse a descansar con mayor frecuencia que ahora, lo que en muchos casos, sobre todo si el viaje era largo, conllevaba como mínimo comidas y/o cenas y también pernoctaciones en estos establecimientos de la ruta, lo que justificaba su existencia y sus posibilidades de negocio. 

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BAR DESCANSO, en Motilla del Palancar. A tenor de su estética exterior y del rótulo de Fanta que todavía sobrevive, cabe suponer que este establecimiento ni siquiera llegó a alcanzar en activo la década de los ochenta del pasado siglo. Su escueto nombre, en el que ha preferido omitirse hasta el artículo, resume a la perfección su filosofía comercial e ilustra certeramente sobre la naturaleza de aquellos esforzados viajes del pasado por la N-III.


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MESÓN-FONDA DELICIAS, en Castillejo de Iniesta, uno de los tramos de la antigua N-III más desolados que se conservan. Merece la pena resaltar el arcaico anuncio de Philips sobre la fachada del establecimiento, arqueología publicitaria en estado puro. Debería preservarse como genuina reliquia que es, pero sabemos que el día menos pensado acabará desapareciendo.



Todos estos establecimientos de carretera que vamos viendo en el reportaje, ilustrado con capturas de imagen de Google Maps/Street View (salvo la fotografía de cabecera, que es de producción propia), son los últimos vestigios hosteleros que sobreviven en la N-III. No todos están cerrados y abandonados, pero sí la mayoría, y alguno de ellos en estado de ruina absoluta e irreversible. Pero existieron en un pasado lejano decenas más de estos locales, de los que ya nunca tendremos noticia, salvo por fotografías muy antiguas que les hayan sobrevivido o por testimonios orales o escritos que se hayan preservado. También en mapas y grabados antiguos es posible rastrear su existencia pretérita y constatar su extinción.


La historia de la ruta de Madrid a Valencia a lo largo de distintas épocas es bien conocida, y no siempre su trazado coincidió geográficamente con el actual en todo el recorrido. De hecho, existieron varios trazados diferentes hasta que, hacia mediados del siglo XIX, se construyó el más aproximado al que ahora conocemos. Sin embargo, hasta la invención de los vehículos automóviles a principios del siglo XX, tanto las vías de comunicación como los usos y costumbres de los viajes apenas si habían evolucionado desde la época de los romanos. Encomendada toda la tracción de los transportes a las caballerías, un viaje entre la capital de España y la ciudad levantina duraba una semana completa, con pernoctaciones en Arganda, Tarancón, Villar de Cañas, Olmedilla de Alarcón, Minglanilla, Utiel y Buñol. Unas pernoctaciones que se realizaban en casas de postas, ventas y fondas ubicadas en cada uno de los lugares mencionados. Fueron los antecedentes primitivos de los establecimientos hosteleros de carretera contemporáneos, y en realidad desempeñaban una función muy similar a la de éstos.


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BAR EN RUTA II, y RESTAURANTE HOSTAL PEPE, en Graja de Iniesta (Cuenca). Dos estilos tan diferentes como antagónicos, desde la apariencia humilde y destartalada del primero a la suntuosa presencia del segundo. Ambos sobreviven, por el momento.



Después de todo cuanto llevamos visto y reflexionado sobre fondas, bares y hostales de carretera de la N-III, siquiera de manera muy sumaria y superficial, puesto que el tema daría sin duda para extenderse con largueza en aspectos tales como la gastronomía o las vicisitudes históricas por las que atravesó cada uno ellos a lo largo de su existencia, entre otras muchas que no abordaremos tampoco de momento, la última cuestión que nos gustaría tratar en este reportaje se refiere al futuro, tanto el de la carretera N-III como el de los negocios de hostelería que dependieron de ella mientras fue, quizá, la vía de comunicación más importante de España, o al menos durante muchas décadas las más transitada.

Y a este respecto es preciso señalar que la antigua carretera general de Madrid a Valencia, es decir, lo que todavía queda de ella al no haber sido sepultado bajo la calzada de cuatro carriles de la autovía A-3, cumplió hace tiempo su ciclo de vida útil en las comunicaciones nacionales y carece de otro porvenir que no pase necesariamente por su reconocimiento y consideración patrimonial de carretera o ruta histórica, lo que permitiría salvaguardar y rehabilitar muchos de sus elementos técnicos, arquitectónicos y funcionales que todavía no han desaparecido por completo, una salvaguarda y rehabilitación en la que también podrían incluirse, al menos, algunos de los establecimientos hosteleros que formaron parte de la ruta, dotándoles de una nueva orientación enfocada al ocio y al turismo cultural (que no otra sería la orientación que recibiría la propia carretera una vez reconocida y protegida como histórica). 


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El célebre bar restaurante CÓRDOBA, en Minglanilla. Resistió varios años a la propia decadencia de la carretera, pero terminó por sucumbir, como tantos otros de su gremio. El establecimiento era mítico por los extraordinarios bocadillos que servían en el bar, pero a cambio, el menú del día de su modesto restaurante (más bien una elemental casa de comidas) resultaba deplorable, como pudimos constatar en al menos una ocasión. Junto a él sobrevive todavía otro establecimiento de mayor tamaño y presencia que esperamos no corra la misma suerte que su vecino.


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Sin discusión posible el establecimiento de carretera más surrealista y estrambótico que hemos encontrado en la primitiva N-III. Se encuentra en la travesía de Montalbo (Cuenca), y no es un fonda, ni un hostal, ni un mesón, ni un restaurante. Simplemente es un comedor. Es decir, lo fue, años atrás, y seguramente hace muchos, porque debe llevar cerrado bastante tiempo. Conserva sobre la fachada de ladrillo la placa con el anagrama de AUTO-RES, la empresa de autobuses concesionaria del servicio Madrid-Valencia durante décadas. Probablemente esta placa indicaba sólo el punto de parada de los autobuses, y no necesariamente que chóferes y viajeros hiciesen uso de tan insólito y desconcertante comedor. (La fotografía es nuestra, pero enlazamos su ubicación geográfica también a Google Maps/Street View).


Como veníamos diciendo, la única esperanza de salvar de la ruina absoluta los vestigios hosteleros de la N-III, bien abandonados, bien todavía en funcionamiento -y de salvar la propia carretera de su ominosa decadencia actual-, pasa inevitablemente por su consideración de carretera histórica, con las oportunas intervenciones y medidas administrativas encaminadas a tal fin. Pero mucho nos tememos que nunca sucederá tal cosa. En España no existe una cultura de la carretera homologable a la desarrollada y fomentada en otros países, como Estados Unidos o Francia, por poner dos ejemplos muy oportunos. Para ser exactos, y llevando esta reflexión a su máximo punto de crudeza, en España no existe una cultura de ningún tipo. Para la mayoría de los españoles, una carretera sólo es un instrumento circunstancial que te transporta de un lugar a otro en el menor tiempo y con el menor riesgo posible de ser multado por unas autoridades punitivas siempre al acecho del ciudadano. Unas autoridades y unos gobernantes, por otra parte, absolutamente ajenos e impermeables a cualquier tipo de cultura desde la larga noche de los tiempos, y nunca mejor dicho, puesto que todavía estamos por ver amanecer en nuestro desdichado país. Imposible que comprendan, ciudadanos y gobernantes, cuánto de historia y de cultura atesoran una antigua carretera en proceso de abandono y todos sus elementos asociados amenazados de ruina.

Perdamos, pues, toda esperanza.