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sábado, 22 de julio de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 44ª Entrega




Un relato de Route 1963





Juan se detuvo entonces, y se volvió lentamente hacia mí. Ahora que había recuperado la visión correcta y podía verle con nitidez, pensé que me encontraría su rostro desencajado de terror al descubrir que le estaba apuntando con la pistola. Incluso imaginé que levantaría los brazos, o que se echaría al suelo suplicando clemencia. Tal vez era lo que cabía suponer en esta situación. Pero los hechos no se desarrollaron como yo esperaba.


-No sé ahora mismo qué es lo que más me apetece -me dijo con una mueca fría y neutral-, si acercarme y partirte la cara, o bien seguir mi camino como si no existieras. Aunque, desde luego, te mereces las dos cosas, una detrás de otra.


Empuñé con fuerza la pistola y la agité en la mano como si quisiera hacer más evidente mi amenaza. Era pesada, dura y tosca como una piedra.
  

-¡No te muevas! -le grité.


-Eres un ignorante, Mariano. ¿Qué es lo que crees que vas a hacer con esa pistola?


-Pegarte un tiro, si te marchas. Y luego pegármelo yo. Y aquí terminará nuestro viaje.

martes, 11 de julio de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 43ª Entrega







Un relato de Route 1963





Aquellas muletas desvencijadas que me había traido mi hermano con su mejor voluntad, parecían adecuadas para cualquier cometido que no fuese el de ayudar a caminar a un cojo. Eran viejísimas, y su madera nudosa y reseca estaba astillada precísamente en el lugar en donde había que colocar las manos para servirse de ellas. En ambas muletas la apoyatura superior que soportaba las axilas carecía de mullido, conservando solo unos jirones claveteados de cuero renegrido sobre la madera desnuda. Y además, como consecuencia de los desgastes del uso, una de las muletas era ligeramente más corta que la otra. Sin embargo, salvo que pretendiera seguir arrastrándome por el suelo para salir de allí, no me quedaba más remedio que adiestrarme en su manejo, y no era fácil para un cojo sobrevenido y novato como yo. Juan supervisaba mis torpes movimientos con aquellos apéndices de madera fosilizada y me iba haciendo recomendaciones prácticas mientras yo trataba de conservar el equilibrio y avanzar unos metros:

-Tienes que impulsarte muy despacio sobre el pie de apoyo y mirar con antelación en donde vas a pisar con las muletas cada vez. Sí, ya sé que es difícil y este no es el sitio más adecuado para aprender, pero debes intentarlo.

Desde luego que no lo era. La superficie irregular y sinuosa del terreno no ofrecía la menor seguridad para desplazarse con estos artilugios ancestrales. Estábamos en mitad del campo, un lugar no demasiado frecuentado por los cojos, y por algo sería. Los esforzados cojos que se habrían servido con anterioridad de estas muletas eran cojos de otro siglo, y yo me los imaginaba caminando con ellas siempre por superficies lisas y estables, como las cubiertas de los barcos que les devolvían lisiados a España desde las colonias de ultramar en guerra con la metrópoli, o sobre las losas de los patios de los cuarteles o de los hospitales, o en el peor de los casos sobre el pavimento adoquinado de las calles, pero nunca a través de campos y bosques, y mucho menos descalzos, porque yo además iba descalzo, después de perder la única alpargata que podía calzarme, y que con la precipitación del momento ni siquiera se nos ocurrió buscar.

Tal vez fue por ello que Juan se compadeció de mí, viéndome sobre todo incapaz de avanzar dos pasos seguidos con las muletas y siempre en riesgo de volver a caerme.

-Veo que voy a tener que llevarte a hombros hasta el camino.

martes, 27 de junio de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 42ª Entrega




Un relato de Route 1963



Más allá de que me encontraba tumbado boca arriba sobre la arena caliente como un náufrago venturosamente devuelto a tierra por el mar, no podía albergar ninguna otra certeza en aquel momento. En mi precipitada huida había perdido la única alpargata que conservaba, y las vendas que me cubrían el pie magullado estaban deshechas en largos jirones de tejido imposibles de recomponer. Tenía los codos desollados y doloridos después de arrastrarme por el suelo, la ropa y el cabello rebozados en polvo, la boca ardiente y pastosa como si hubiera masticado barro, pero seguía vivo una vez más, aunque ya no supiera para qué. Ni siquiera intenté moverme para tratar de volver al auto, lo que indudablemente habría resultado peligroso, pero tampoco para otear el camino a la espera de la llegada de mi hermano, en el mejor de los casos, o de la Guardia Civil, en el peor de ellos.

Me envolvía un silencio denso e implacable mientras permanecía   tumbado en aquella hondonada natural del terreno, que ofrecía cierta semejanza con una trinchera de guerra, y no habría encontrado demasiadas dificultades para abandonarme otra vez al sueño recientemente interrumpido, de no ser porque comprendí que dormirme era la decisión más equivocada que podía tomar si pretendía seguir con vida. En realidad, sólo podía hacer una cosa sensata: esperar con resignación el siguiente episodio que el destino me tuviese reservado. Y mientras esperaba, perdí toda noción del tiempo. No sé si transcurrieron minutos, o transcurrieron horas, hasta que volví a escuchar el motor de la Brough Superior que se acercaba por el camino. Podía reconocer su sonido a cientos de metros de distancia, y todavía hoy, setenta años después, puedo recordarlo perfectamente. Además, el ansioso batir de pistones me indicaba que era mi hermano quien iba a los mandos, pues sólo él podía hacer sonar la moto de esa manera tan característica. No pude reprimir un grito de alegría mientras me preparaba para abandonar mi escondrijo, y traté de hacerlo con la mayor presteza posible, sabiendo que Juan se asustaría al llegar junto al auto y no encontrarme en su interior. Al menos pretendí evitarle el sobresalto, pero no lo conseguí, porque él fue mucho más rápido y se presentó en la arboleda antes de que yo tuviera la oportunidad de salir a su encuentro. Mientras reptaba por el borde del parapeto, tuve ocasión de ver su semblante angustiado cuando se asomó a las ventanillas del Citroën y lo halló vacío. Entonces le di una voz:


-¡Juan, Juan, estoy aquí!  


         Pero mi hermano, por toda respuesta, se agitó bruscamente y empuñó la pistola mientras movía la cabeza en todas direcciones tratando de encontrar un enemigo imaginario escondido entre los árboles.

         -¡Soy yo, Juan, soy yo, no dispares! -volví a gritarle.

viernes, 9 de junio de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 41ª Entrega






Un relato de Route 1963

 
 
 
Me revolví inquieto en el asiento trasero del Citroën. Para calmar la ansiedad lié un cigarrillo y estuve fumando pausadamente, intentando imaginar un desenlace muy complaciente de nuestra epopeya: Juan regresaba al cabo de una hora, nos montábamos en la moto (aunque en mis condiciones físicas me costaba creer que esto volviera a ser posible), reanudábamos viaje y llegábamos a Valencia sin más contratiempos con la última luz del día. Amparo Signes, hermosa y elegante dama, nos recibía con los brazos abiertos, nos preparaba un baño caliente y nos agasajaba con una suculenta cena que habría de saciar por fin nuestros atormentados estómagos. Mi hermano ya dormía con ella esa primera noche, esto por descontado, en tanto que a mí me había preparado una confortable cama en otra habitación de la casa, en donde caería enseguida rendido a un sueño profundo y liberador hasta bien entrada la mañana siguiente. Mientras el país continuaba desangrándose por los cuatro puntos cardinales, el 2 de agosto de 1936 nosotros comenzábamos una nueva vida, a salvo de cualquier amenaza, en aquella ciudad en donde nadie nos conocía.

sábado, 27 de mayo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 40ª Entrega





Un relato de Route 1963

 
 
El médico suspiró profundamente y volvió a pasarse los puños de la camisa por la frente para secarse el sudor. Después apoyó el codo derecho en el techo del coche y se quedó inmóvil mirando al horizonte, allí en donde se perdía aquella larga recta de la carretera.

-¿Se le ocurre algo que podamos hacer al respecto? -preguntó.

-Se me ocurren varias cosas. En primer lugar, por seguridad, habrá que apartar el vehículo de la carretera y dejarlo en un lugar más discreto. Por ejemplo, en aquellos árboles. Después le llevaré en la moto hasta Minglanilla para que atienda a esa anciana y consiga una grúa para remolcar el auto. Entretanto mi hermano se quedará aquí, en el propio auto, hasta que regresemos.

A pocos metros de donde nos encontrábamos partía un camino de tierra en suave descenso que dejaba a su orilla izquierda una espesa arboleda en donde sería posible ocultar el auto a salvo de miradas indiscretas. El hecho de tener que quedarme esperando en su interior por un espacio de tiempo que seguramente sería prolongado me producía bastante preocupación, no voy a negarlo, pero dado mi estado físico no estaba en condiciones de plantear ninguna exigencia.

-Sólo tendremos que empujar el auto hasta el camino -prosiguió Juan- y luego nos dejaremos caer cuesta abajo hasta esos árboles. 

El médico asintió. Tampoco tenía mejores alternativas que las que le proponía mi hermano.

viernes, 19 de mayo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 39ª Entrega




Un relato de Route 1963






Me tumbé sobre el asiento trasero corrido del vehículo. Como rememoraría con frecuencia mi hermano años después, siempre que hablábamos de nuestra odisea, aquel auto del médico rural con matrícula de Cuenca era un Citroën Type B-12 de 1926. No tenía suficiente anchura como para albergar mi cuerpo estirado completamente sobre su asiento, de modo que mis pies desnudos asomaron al exterior por la puerta abierta que daba a la carretera. Seguramente era esto lo que pretendía el médico para realizar sus exploraciones con mayor comodidad, y enseguida sentí cómo sus dedos me palpaban delicadamente el empeine de ambos pies y luego sus manos torsionaban mis tobillos, primero el izquierdo y luego el derecho, que me provocó un terrible alarido de dolor.


-No le martirizaré más -dijo el doctor compasivamente-. Es innecesario. No aprecio fractura, sólo un fuerte traumatismo, probablemente con resultado de esguince.


-Me caí por unas escaleras -mentí, como si con esta falsa explicación pretendiera ayudarle a emitir un diagnóstico más certero-, y me hice mucho daño.


-No iba a preguntarle cómo se ha lesionado, no me interesa -dijo el médico con estremecedora frialdad-. Tampoco me interesa saber adónde van con este calor y en tan penosas condiciones montados en ese motociclo que se supone requisado, incautado, intervenido o como mejor nos convenga denominarlo. En estas dos semanas desde que comenzó la guerra no hago más que ver calamidades por todas partes, pero nunca hago preguntas. Me limito a realizar mi trabajo lo mejor que sé, y lo mejor que puedo. Voy a vendarle el pie para inmovilizárselo. Deberá guardar veinte días de absoluto reposo desde este preciso momento. Pasado ese tiempo tendrá que acudir a un traumatólogo.

sábado, 13 de mayo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 38ª Entrega






Un relato de Route 1963
 
 
Aquella carretera comarcal no llevaba directamente a Valencia, como bien habíamos supuesto, siendo lo más probable que desembocase en la carretera general, o carretera radial de primer orden de Madrid a Castellón por Valencia, pues tal era su enrevesada denominación en la época. Pero ni siquiera podíamos estar seguros de esto, y como en aquel tiempo la señalización y los carteles indicadores solían ser más bien escasos en las carreteras, como vengo diciendo, corríamos el riesgo cierto de saltarnos algún desvío estratégico y volver a perder el rumbo correcto para seguir vagando decenas y decenas de kilómetros por carreteras comarcales o caminos terciarios que, llegado el caso, no sabríamos adónde habrían de llevarnos.

Pero mientras esperábamos ansiosos la confirmación definitiva de que marchábamos en buena dirección, o por el contrario nos sorprendía el sobresalto de sabernos nuevamente extraviados, cruzamos muy despacio las travesías de varios pueblos sin vida calcinados por el sol de tarde. No vimos un alma por sus calles. Por eso no hicimos siquiera intención de detenernos en ninguno de ellos a intentar una comida, porque casi con toda seguridad no hubiéramos encontrado ni un mísero mendrugo de pan que llevarnos a la boca. Todo lo más, nos habríamos tropezado con nuevos problemas. Y es que, por mucho que quisiéramos engañarnos haciendo valer nuestra verdadera condición, a los ojos del prójimo no éramos más que un par de forasteros fugitivos y burgueses que huían en una moto británica, capricho de ricos y de fascistas, y esta era nuestra insuperable tragedia en aquella España del treinta seis, la patria maldita de Caín.

viernes, 5 de mayo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 37ª Entrega





Un relato de Route 1963
 
 
El encargado salió arrastrándose como un perro, y antes de que pudiera incorporarse, mi hermano le metió el cañón de la pistola en la boca llegando hasta la garganta y provocándole una arcada terrible. Por un momento me puse en el lugar de aquel tipo y noté cómo se me envenenaba el paladar con el sabor nauseabundo que debía de tener aquel cilindro de metal impregnado de pólvora, que no sé porqué supuse que sería agrio y picante, y me vino a mí también una arcada y escupí un gargajo espeso que se deshizo enseguida en contacto con la arena caliente del patio. Ahora ya no me cabía ninguna duda de que si no nos proporcionaban la gasolina de inmediato Juan mataría a aquel hombre sin la menor vacilación, aunque nos marchásemos con las manos vacías, que eso era también lo que yo me temía que sucediese como colofón de tan desagradables peripecias, porque lo que tan mal había empezado difícilmente podía enderezarse para bien.
 
-¡Adentro, vamos, y que nadie se mueva!

jueves, 27 de abril de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 36ª Entrega






Un relato de Route 1963
 
 
 
-Todos esos autos tienen gasolina -insistió mi hermano empezando a perder la paciencia-, gasolina muerta de risa, ya que no la necesitan para nada, porque están averiados o a punto de ir al desguace, pero nosotros, que somos tan obreros como tú, sí la necesitamos y no vamos a movernos de aquí hasta que nos la des, por las buenas o por las malas.

Entonces el hombre se levantó del asiento de repente y se encaró con Juan. Tenía más envergadura que mi hermano y tal vez siendo consciente de ello no encontró el menor reparo en asirle con las manos llenas de grasa de la pechera de la blusa como si quisiera levantarle en vilo, y es probable que lo hubiera intentado de no ser porque Juan reculó instintivamente unos pasos.

-Lo que les pase a esos autos es algo que a ti ni te va ni te viene, ¿me has entendido? -dijo el encargado enfureciéndose por momentos-. Y aunque tengan gasolina por arrobas no voy a darte ni una gota, porque no se me pone el gusto en los cojones, así es que ya os estáis largando de aquí.

Ya sólo quedaba un modo de conseguir aquella maldita gasolina y mi hermano comprendió que era innecesario seguir perdiendo el tiempo con semejante energúmeno. Como en un rápido y habilidoso juego de manos de prestidigitador, pasó de abanicarle suavemente la cara con el fajo de billetes a hundirle de improviso el cañón de la pistola en la garganta. Y fue entonces cuando nuestra suerte empezó a cambiar de verdad.

-Ya te he dicho que nos ibas a dar la gasolina por las buenas o por las malas -le explicó Juan recuperando la iniciativa-, y tú has elegido libremente que sea por las malas. No quiero matarte, y no lo haré, si colaboras. Pero que sepas que en todo caso, pase lo que pase, nos vamos a llevar esa gasolina, porque sólo para eso hemos venido a este taller repugnante y no pensamos marcharnos de vacío.

lunes, 17 de abril de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 35ª Entrega






Un relato de Route 1963


 
Quise creer que el disparo que estaba esperando haría temblar la tierra como un trueno apocalíptico y me dejaría sordo durante unos instantes, pero yo no sufriría ningún dolor, sólo un profundo aturdimiento, como si me hubiera caído de bruces en el interior de una enorme campana de hierro. ¿Sería esta, acaso, la primera sensación que tendría uno después de muerto? Pero enseguida escuché el chasquido de la corredera de la pistola expulsando el cartucho de la recámara y el crujir de unas pisadas que se alejaban sobre la grava de la cuneta, y a continuación el sonido familiar y acompasado del motor de la Brough Superior. Naturalmente mi hermano no había tenido el cuajo necesario como para dispararme. Este era el final del juego. Me incorporé penosamente y caminé renqueando unos pasos por la carretera hasta donde él se encontraba. Me estaba esperando. Nos conocíamos bien. Yo tampoco tenía el valor suficiente como para quedarme tirado en aquella cuneta mientras Juan se marchaba solo, y él lo sabía. Me arrojó la mochila sin dignarse a mirarme y mientras yo me la colocaba en la espalda y me subía en la moto quejumbroso por mis innumerables dolores, me dijo de mala gana:


-No sé cómo en lugar de seguirte en tu estúpida comedia no te he dado dos buenas bofetadas a tiempo, que era eso lo que me apetecía hacer y lo que más te merecías, pedazo de imbécil.


-A lo mejor era yo quien te las tenía que haber dado primero, por comportarte conmigo como un chulo y un matón -le contesté-, que pareces un asqueroso fascista.


-¡A mí ni me hables!


-¡Ni tú a mí!

jueves, 6 de abril de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 34ª Entrega






Un relato de Route 1963


LEER TODO LO PUBLICADO ANTERIORMENTE. (Entregas 1 a 33).




Independientemente de que mi hermano creyese en Dios o no, y de que éste fuese a perdonarle si me mataba, a mí no me cabía ninguna duda de que quien no iba a perdonarle era yo, suponiendo que los muertos tuviesen la potestad de perdonar a sus verdugos, lo cual ya era demasiado suponer. Pero en realidad lo que buscaba Juan contando despacio hasta diez antes de ejecutar su sentencia era que yo me levantase enseguida y le diese de este modo la oportunidad de perdonarme la vida, porque de lo contrario, si al final me disparaba, le atormentarían para siempre la mala conciencia y los remordimientos inconsolables del asesino que se siente culpable de su crimen, y si no lo hacía sentiría la comezón humillante de la vergüenza y del ridículo, tan propia de los fanfarrones débiles de espíritu a quienes se les va la fuerza por la boca, pero que a la hora de la verdad son incapaces de llevar a cabo sus amenazas. Si un momento antes había estado convencido de que me iba a matar de inmediato, ahora le miré fijamente a los ojos y tuve la certeza que contaría hasta diez, hasta cien, hasta mil o hasta el infinito, pero jamás se atrevería a dispararme, y por eso no me moví de la cuneta.


-Si vas a pegarme un tiro -le provoqué- no sé porqué no lo haces ya. No pienso levantarme. ¿Para qué necesitas contar hasta diez? Reconoce que no tienes cojones para matarme.


-Qué poco me conoces, Mariano. Eso mismo pensaba yo, que nunca iba a ser capaz de matar a nadie, y mira. Ha sido encontrar esta pistola por un capricho del destino y empezar a sentirme muy fuerte. Los que entienden de estas cosas dicen que lo más difícil es vencer la repugnancia y el pudor de matar por primera vez. Pero cuando ya te has estrenado con uno después pueden venir en fila todos los demás, y no importa quienes sean. Debe de ser una simple cuestión de virilidad y de autoestima: matando te sientes seguro de ti mismo. No juegues con fuego, hermanito: voy a contar del uno al diez y después, sin que me tiemble el pulso, apretaré el gatillo.


-Pues ya puedes empezar a contar. Creo que mientras tanto echaré una cabezadita. En tu mano está el que alcance el sueño eterno.


-¡Uno! -dijo mi hermano comenzando su fatídica cuenta.

jueves, 30 de marzo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 33ª Entrega



Un relato de Route 1963


 
Pegados a la fachada de la pensión Juan me fue arrastrando trabajosamente por la acera sin soltar la pistola de la mano. Andaba unos metros y se volvía para mirar hacia el balcón en busca de nuevos enemigos, pero ya no encontró ninguno. El solo se había ocupado de dejar fuera de combate a los tres policías -o a quienes quiera que fuesen- que nos hostigaban. Enseguida volverían más, era de temer. De no haber sido por su determinación y por su sangre fría jamás habríamos salido con vida de allí. Mi pie derecho, hinchado y palpitante como una víscera, no hacía sino recordarme mi nueva condición de cojo, un contratiempo más que añadir a la extensa lista de los que llevábamos acumulados en el viaje. La Brough Superior se hallaba apenas dos manzanas calle arriba, oculta entre unos árboles. Juan, tan previsor como siempre, había tomado la precaución de no estacionarla frente a la pensión, pues su sola presencia habría despertado enseguida la curiosidad de la gente, y no digamos ya la de los milicianos o la de las autoridades, algo que había que evitar a toda costa si queríamos pasar desapercibidos. Y ni aún así lo habíamos conseguido, puesto que la policía nos seguía los pasos. Ser forastero en cualquier pueblo de España en aquel verano de 1936 le hacía a uno irremediablemente sospechoso. Aunque, pensándolo bien, en nuestras circunstancias nosotros habríamos resultado igualmente sospechosos incluso en lo más recóndito de una isla deshabitada. No teníamos escapatoria y sin embargo estábamos obligados a seguir huyendo por lo menos hasta Valencia o, llegado el caso, hasta el mismo fin del mundo.


Mi hermano se subió en la inglesita de un salto y la puso en marcha. Arrancó a la primera. Yo traté de subirme también lo más rápido que pude, pero el dolor del pie me hacía ver las estrellas y abortaba todos mis movimientos. Y había, además, otro inconveniente no menos grave. Juan se impacientó:


-¿Subes ya, o qué? ¡Vamos, que es para hoy!


-Es que no puedo -protesté-, me estorba la mochila.

jueves, 23 de marzo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 32ª Entrega




Un relato de Route 1963



Hay que salir de aquí inmediatamente —dijo mi hermano con voz trémula.

Sí, pero ¿por dónde?

Saltaremos por el balcón.

¿Por el balcón? ¿Es que acaso pretendes que nos suicidemos? —protesté.

Quedarnos aquí dentro sí que es un suicidio. Este sitio es una ratonera. Si no saltamos, nos matarán. ¡Rápido, al balcón!

Juan salió gateando de debajo de la cama sin soltar la pistola. Volvieron a sonar unos golpes terribles en la puerta de la habitación. No tardarían ni un minuto en echarla abajo. Abandoné el escondrijo envuelto en la toalla. Antes de salir al balcón vimos una puerta medianera que daba acceso a la habitación contigua, algo muy frecuente en las pensiones de la época, cuando muchas de las estancias estaban comunicadas entre sí. Lo habitual, desde luego, era que aquella y todas las demás puertas medianeras se hallasen cerradas con llave o todo lo más con un ligero pestillo, y así fue, en efecto, como nos la encontramos. Tratamos de abrirla a empujones, pero la puerta no cedió.

¡Al balcón! —repitió Juan.

Sobre una de las camas estaba tirada la ropa nueva que acabábamos de comprar. Cogí a toda prisa una blusa blanca, unos pantalones de pana marrones y unas alpargatas, y me vestí de mala manera. Mi hermano, que se había cambiado antes y vestía unas prendas muy parecidas a las mías, guardó la pistola en un bolsillo de sus pantalones, cogió la mochila y salió al balcón. Yo le seguí con un nudo en la garganta. Más que una huida precipitada y furiosa, aquello parecía una inmolación heroica, un sacrificio honorable y épico, a imagen y semejanza de las inmolaciones y sacrificios de los moradores de las ciudades asediadas de la antigüedad, que preferían arrojarse a las hogueras o despeñarse por las murallas antes que caer vivos en manos del enemigo. Dentro de lo malo, por lo menos estábamos en un primer piso y la altura que había desde el balcón hasta la acera de la calle no era excesiva, aunque seguramente sí la suficiente como para romperse la cabeza o las costillas si uno se daba un mal golpe.

¡Vamos, salta! —me ordenó Juan empujándome contra el barandal de hierro forjado del balcón.

viernes, 17 de marzo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 31ª Entrega




Un relato de Route 1963



Dudé durante unos segundos, aunque en realidad daba lo mismo enterarse antes de una cosa que de otra, puesto que a fin de cuentas iba a ser informado de ambas, por muy halagüeñas o terribles que fuesen.

Empieza por la mala noticia —respondí—. Los malos tragos que pasen cuanto antes.

He hablado con Madrid, con la pensión —prosiguió Juan con cara de circunstancias—, y resulta que a la señora Engracia, nuestra patrona, se la llevaron los milicianos anoche, de madrugada, horas después de marcharnos nosotros. Me lo ha dicho llorando una de las pocas chicas de servicio que todavía están allí.

La señora Engracia no se metía en política —razoné—, pero en todo caso simpatizaba con el Frente Popular, ¿no? ¿Por qué se la han llevado?

No lo sé, Mariano, seguramente se han vengado de nosotros con ella, pensando que nos ocultaba o que nos protegía, una represalia rastrera y vil, estas cosas suceden, y lo más probable es que la hayan matado.

¡Pobre mujer! —me compadecí—. Ella no tenía la culpa de nada, ni siquiera estaba al tanto de nuestros planes.

Lo sé —reconoció Juan un tanto compungido—, pero esto es lo que hay. Ya no podrá servirse del dinero que escondimos bajo la baldosa de la habitación. Para eso la llamaba, y mira de lo que me he enterado.

No hay que perder la esperanza —dije con escasa convicción—. La soltarán, y cuando la República gane la guerra volveremos a Madrid y nos encontraremos con ella, ya lo verás.

Mi hermano negó con la cabeza.

Gane quien gane esta maldita guerra nosotros nunca podremos regresar a Madrid. Difícil será incluso que podamos permanecer en España, escondidos en algún lugar en donde nadie nos conozca. Con unos vencedores o con otros siempre estaremos perseguidos. Nuestro destino es el exilio.

miércoles, 8 de marzo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 30ª Entrega




Un relato de Route 1963



Encontramos una pensión dudosamente limpia y confortable en el centro del pueblo y tomamos alquilada una habitación por unas horas. Los militares del convoy sanitario nos prestaron muy poca gasolina para la Brough Superior, apenas la imprescindible para poder arrancarla y desaparecer de su vista, que en el fondo era lo único que le interesaba al oficial que se había ocupado de nosotros, así es que nuestro principal problema, la falta de combustible para llegar a Valencia, seguía sin resolverse, pero al menos mi hermano pudo comprar ropa y calzado nuevo para los dos en una tienda cercana y encargar comida caliente en una taberna, porque la que llevábamos en la tartera (unas rebanadas de pan, unos pimientos asados, un par de huevos duros y algunos pedazos menudos de bacalao con tomate de la cena de la víspera) se nos hizo intolerable nada más olerla, de modo que la arrojamos sin ningún miramiento por el retrete comunal que se encontraba en una amplia estancia al final del pasillo. Allí se hallaba también la pesada bañera de hierro fundido de la pensión, que debía de llevar años sin usarse, a juzgar por los restos de óxido, moho y telarañas acumulados en su interior, y que el dueño del establecimiento se comprometió con tanta diligencia como sorpresa a limpiar y llenar después con agua caliente para que pudiéramos darnos un baño, como me había prometido Juan. En aquellos días revolucionarios y poco aseados la simple costumbre higiénica de bañarse en una bañera con agua caliente y jabón (la ducha no se conocía) era considerada por las clases populares como un inequívoco y provocador distintivo burgués, gozoso placer que el proletariado nunca había podido permitirse y que por eso mismo denostaba, pero a nosotros, que no éramos burgueses y siempre nos habíamos bañado por lo menos un par de días a la semana (lo cual ya era mucho para los usos de la época), no nos convenía en absoluto ser tomados por tales, lo que era tanto o más que ser tomados por fascistas —el verdadero motivo por el que habíamos salido huyendo de Madrid—, y lo primero que hicimos fue desbaratar el malentendido mostrándole a nuestro patrón las falsas identidades anarquistas que llevábamos encima. El hombre pareció comprender la situación. Después de todo se antojaba muy razonable que unos huéspedes como nosotros, agotados y sudorosos al cabo de varias horas de viaje en motociclo y en verano por las polvorientas carreteras españolas necesitasen de un baño reconfortante sin ser por ello confundidos con fascistas. Incluso muchos burgueses y fascistas genuinos no se habrían bañado en su vida, y no digamos ya los miembros del clero, que obsesionados como estaban con la desnudez del cuerpo humano, abominable instigador de todos los pecados de la carne, y en especial el cuerpo femenino, deploraban con furia desde los púlpitos de los templos la impía costumbre de bañarse.

Pero no era sencillo darse un baño siquiera tibio en aquellos años, y menos en una modesta pensión de un pueblo de la Mancha. Sin agua corriente ni jabón y con notable escasez de combustible para calentar grandes cantidades de líquido el procedimiento se volvía trabajoso y desalentador. La mujer y dos hijas de nuestro patrón, apenas unas niñas, tuvieron que hacer innumerables viajes con baldes de agua hirviendo para llenarnos la bañera. Nunca supimos cómo ni dónde pudieron calentarla. También nos trajeron dos toallas deshilachadas y una pieza verdosa de jabón de sebo, áspera y basta como la piedra pómez. Echamos a suertes el turno del baño, conociendo de antemano el hecho de que quien lo hiciese en segundo lugar se bañaría ya con el agua sucia y fría, puesto que estaba descartado que nos la fuesen a cambiar. Mi hermano arrojó una moneda al aire y antes de que cayese al suelo, a sabiendas de que me perseguía un fatalismo inevitable, yo ya me había resignado, por si acaso. Hice bien, porque me tocó el segundo turno. Juan me sonrió triunfante.

No te apures, hermanito, que estaré poco rato.

Eso no te lo crees ni tú —respondí sin abandonar mi sombrío fatalismo—. Como si no te conociera. Me voy a echar en la cama. Cuando termines me avisas.

viernes, 3 de marzo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 29ª Entrega




Un relato de Route 1963



¿Dónde está ese herido? —preguntó acercándose un oficial republicano que llevaba una gorra de plato con la visera hundida sobre la cara para resguardarse del sol.

Aquí, en la cabina.

¡Enfermera, enfermera! —voceó el militar sin hacer siquiera ademán de asomarse al camión.

Venciendo todo el pudor de mi sucia desnudez tuve que bajarme de la cabina, como es lógico. Durante unos instantes pensé en hacerlo por el lado derecho, en donde podía quedar en principio a resguardo de las miradas indiscretas de aquella multitud, pero se me interponía el cuerpo del chófer, caído sobre el asiento corrido, y esto dificultaba tanto mi maniobra y la hacía tan sospechosa que no tuve más remedio que bajarme por la izquierda y quedar de inmediato a merced de las dos enfermeras que se acercaban, las cuales me tomaron enseguida por el verdadero herido cogiéndome protectoramente de los brazos.

Yo no —dije—, ahí dentro.

En esos momentos, como en tantos otros desde que había estallado la guerra, habría vendido mi alma al diablo sin dudarlo a cambio de poder pasar desapercibido, o aún mejor, de poder hacerme invisible a voluntad, tal era el desasosiego que me producía la mirada de aquella gente anónima —militares, enfermeras, médicos y paisanos— que clavaban sus ojos en mi cuerpo astroso y fruncían el ceño en un gesto que no se sabía muy bien si era de lástima o de repugnancia. Creo que sólo dejé de ser el centro de atención de tantas miradas cuando sacaron al herido y lo tumbaron en el suelo, sobre una manta, en mitad de la carretera. Escuché una voz extraña a mi espalda que preguntaba:

¿Qué os ha pasado? ¿De dónde venís?

Del infierno —respondí sin volver la cabeza para no ver a quien me hablaba.

viernes, 24 de febrero de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 28ª Entrega




Un relato de Route 1963



La maroma que tiraba de la moto se había partido en dos con los vaivenes del camión, pero milagrosamente mi hermano estaba ileso y empujaba la inglesita por la carretera con gesto de abatimiento. Y no era para menos. Todo se nos volvía en contra. Todas las contrariedades posibles e imposibles nos salían al encuentro y nos presentaban su peor cara. ¿Qué más podría sucedernos? Y sin embargo seguíamos vivos, rotos y agotados pero vivos, y aún con una brizna de fuerza en las piernas como para poder continuar al encuentro de lo que tuviera que ser, de lo que nos deparase nuestro destino. Tal vez inconscientemente me consolaba el hecho de comprender que otros estaban mucho peor que nosotros, incluso estaban muertos, y el saberme vivo en medio de aquella guerra despiadada le otorgaba un valor añadido a mi consuelo, un aura de intrepidez y de heroísmo, un halo de valentía y determinación.

El chófer está en las últimas —le dije a mi hermano—. Sangra mucho por la cabeza y se ha desmayado. O tal vez ya esté muerto.

Vamos a verlo.

Corrimos de vuelta a la cabina. Sudábamos a mares. Abrimos la portezuela de la derecha y el cuerpo inerte del hombre casi nos cayó encima. Lo empujamos hacia dentro y Juan le palpó la garganta con los dedos en busca de pulso. Un moscardón negro azulado zumbaba en torno al coágulo de sangre que el chófer tenía en la cabeza.

Le han dado un buen cantazo en la frente —observó mi hermano—. Todavía está vivo y creo que aguantará. Tenemos que llevarle a un médico, pero para eso necesitamos primero salir de aquí y encontrar otro pueblo en donde no sean tan hostiles. ¿Nos queda agua?

Ni una gota. Te lavaste con ella.

Hay que vendarle la cabeza para contener la hemorragia —me indicó Juan—. Por el momento no podemos hacer otra cosa, e incluso esta la vamos a hacer mal, porque tampoco tenemos vendas. Quítate la camisa. Está un poco más limpia que la mía.

sábado, 18 de febrero de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 27ª Entrega




Un relato de Route 1963



Mi hermano y el chófer volvieron a la cabina del camión, y en cuanto el motor se puso en marcha del tubo de escape empezó a manar un humo algodonoso y negro que me envolvió por completo haciéndome, seguramente, invisible.

¡Allá vamos, agárrate fuerte! —me gritó Juan asomando la cabeza por la ventanilla, aunque yo no podía verle.

Sentía todo mi cuerpo en tensión y me costaba un gran esfuerzo respirar. Los cristales de las gafas, que llevaba ceñidas al cráneo con una cinta elástica, estaban llenos de arañazos que me distorsionaban la ya de por sí escasa visión, prácticamente limitada al contorno borroso de las maderas astilladas de la caja del camión y de los sacos de harina que se apilaban en ella. El camión echó a andar muy despacio y durante menos de dos segundos, que a mí se me hicieron eternos, la moto permaneció inmóvil, pero de repente la soga se tensó pegando un tirón brusco acompañado de un crujido, y empezamos a movernos lentamente. Transcurrieron unos cuantos metros sin que me atreviese a levantar los pies del suelo y fui arrastrando las alpargatas por la tierra y las piedras de la calzada hasta que recordé que mi hermano me había dicho que podía partirme una pierna, y entonces los subí a los estribos. La moto se zarandeó de un lado a otro acusando mi peso y mi precario equilibrio, y estuve a punto de caerme. El asiento individual con amortiguación de muelles era duro, incómodo e inestable. Agarré el manillar con fuerza y apreté los dientes. La soga crujía como un mueble viejo acusando el tremendo esfuerzo de la tracción y algunos de sus gruesos hilos de cáñamo resecos y endurecidos por el paso del tiempo parecían a punto de partirse, pero seguíamos avanzando, y aunque yo estaba todavía lejos de alcanzar la suficiente confianza en mí mismo, por lo menos me felicité sinceramente por el hecho de no haberme caído todavía, dadas las circunstancias. Nuestra velocidad fue aumentando poco a poco, y vi en el velocímetro de la inglesita los cuarenta kilómetros por hora. A ese ritmo de marcha el humo del escape del camión conseguía disiparse un poco en la atmósfera, concediéndome un respiro, y nunca mejor dicho, pero entonces eran sus ruedas traseras gemelas las que empezaban a levantar una polvareda densa y cegadora, y a pesar de la protección de mi embozo si movía los dientes la tierra rechinaba entre ellos. A veces el camión perdía velocidad sin motivo aparente, y por lo tanto la soga se destensaba y la moto se embalaba contra la caja dispuesta a estrellarse, y yo apretaba el freno delantero con cuidado, apenas acariciándolo, como me había instruido mi hermano, pero antes de detenerme del todo la soga se tensaba de nuevo con violencia dándome un tirón brusco que parecía que iba a descoyuntarme. Cada vez que el chófer levantaba el pie del pedal del acelerador y volvía a pisarlo una terrible vaharada de humo negro y asfixiante se me venía encima dejándome sin aliento, y en no pocas ocasiones llegué a creer que me desmayaba. Cuando tomábamos una curva Juan se asomaba por la ventanilla y me hacía con los brazos señas incomprensibles a las que yo respondía sólo con la cabeza —pues no me atrevía a soltar las manos del manillar— con otros gestos todavía más incomprensibles, porque a ciencia cierta no sabía cómo hacerle llegar mi deseo de que acabase cuanto antes aquella tortura, pero él debía de entenderlos como señal de conformidad y asentimiento y volvía a la cabina satisfecho: su esforzado hermanito se estaba comportando como un hombre, debía de pensar.

sábado, 11 de febrero de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 26ª Entrega




Un relato de Route 1963



El hombre pisó el freno y el camión se detuvo con notable estrépito de chapas y resoplidos del motor. Abrimos las portezuelas y saltamos de la cabina. Cuando llegamos a la trasera de la caja mi hermano todavía seguía montado en la inglesita apoyándose con los dos pies en el suelo. Tenía un aspecto en verdad lamentable, como el de los mineros de las galerías de carbón o el de los fogoneros de las locomotoras, pues todo su cuerpo estaba tiznado de carbonilla y de polvo, que al adherirse al sudor de la piel había formado una pasta aceitosa y brillante como el petróleo. Nada más vernos se bajó de la moto y se encaró con el chófer:

¿Cuánto hace que no le miras el carburador a este puñetero carromato?

El hombre se quedó desconcertado.

Pues... bueno, el camión no es mío, y entonces...

Ya supongo que no es tuyo, pero tú lo conduces y te ganas la vida con él, ¿no es cierto? —le recriminó Juan—. No sé si sabes que con los humos que vas soltando por el tubo de escape podrías gasear a todo un regimiento de fascistas. Y yo, que no soy un fascista, voy aquí detrás, enganchado a esta maldita soga y respirando veneno. He tocado la bocina de la moto varias veces para que te parases, y tú, como si nada. ¿Es que quieres matarme?

Lo siento de veras, compañero —se disculpó el chófer—, pero es que no hemos escuchado la bocina, tu camarada te lo puede decir, ¿verdad?

Asentí. En aquella cabina inmunda, con las vibraciones y el ruido del motor atronándonos los oídos, no era posible escuchar ningún sonido procedente del exterior.

Está bien —se rindió mi hermano—, lo creo. ¿Alguien puede darme agua? Me estoy muriendo de sed.

Cuando el camionero fue a buscar el botijo Juan se me quedó mirando fijamente. Su mirada fría hizo que me echase a temblar.

Tengo malas noticias para ti, hermanito —dijo señalando la Brough Superior.

Supongo que me vas a decir que ahora me toca a mí subirme en la moto, ¿no?

En efecto, y por varios motivos.

domingo, 5 de febrero de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 25ª Entrega




Un relato de Route 1963



Nada más montarme en la cabina del camión y sentarme en su asiento corrido de tablas cubiertas de gutapercha, tan duro como una piedra, empecé a marearme. En aquel estrecho cubículo de lata, que temblaba como un flan por las trepidaciones del motor, la temperatura era tan elevada y sofocante como la de unos altos hornos, y olía a vino rancio, a sudor, a pies y a combustible mal quemado. El chófer se acomodó a mi derecha (el camión habría sido construido bajo patrones británicos), cerró su portezuela, que no tenía cristal en la ventanilla (la mía tampoco), se pasó los antebrazos por la frente para secarse el sudor, puso las manos sobre el volante gigantesco, que le rozaba en la tripa y estaba forrado con cartones y trapos viejos, quitó el freno de mano, movió hacia un lado la palanca de cambio, casi tan larga y pesada como las que se empleaban en los cambios de aguja ferroviarios, y pisó los toscos pedales de hierro de interminable recorrido, tanto como el que daban de sí sus piernas completamente estiradas. El camión empezó a moverse lentamente.

Hace mucho calor, sí —dijo el hombre al verme resoplar.

¿Cómo puedes trabajar así? —se me ocurrió preguntarle.

A ver, qué quieres, uno es un obrero. O trabajas así, o no trabajas. Pero te acabas acostumbrando, no te creas, y encima en invierno es aún más duro. Yo me consuelo pensando que en las fábricas y en el campo están peor.

Tal vez —reconocí—, pero de todas maneras esto es inhumano.

Más inhumano es no tener qué comer. Cuando triunfe nuestra revolución libertaria viviremos como príncipes. Habrá que seguir arrimando el hombro, eso sí, pero ya no será lo mismo. Nadie se enriquecerá con el sudor de los pobres. Si quieres agua, ahí tienes un botijo. Estará calentorra, pero es mejor que nada y quita la sed. A no ser que te apetezca más un trago de tinto de Valdepeñas, claro, que también llevo una bota.

La bota de vino, sucia y manoseada en exceso, se balanceaba de un lado a otro colgando de un gancho por encima del parabrisas. El botijo, en cambio, lo encontré a mis pies, y tampoco me causó mejor impresión, desportillado y lleno de manchas negras de grasa como estaba.

A lo mejor bebo luego, gracias.

Bebe cuando y cuanto gustes, compañero.