viernes, 19 de mayo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 39ª Entrega




Un relato de Route 1963






Me tumbé sobre el asiento trasero corrido del vehículo. Como rememoraría con frecuencia mi hermano años después, siempre que hablábamos de nuestra odisea, aquel auto del médico rural con matrícula de Cuenca era un Citroën Type B-12 de 1926. No tenía suficiente anchura como para albergar mi cuerpo estirado completamente sobre su asiento, de modo que mis pies desnudos asomaron al exterior por la puerta abierta que daba a la carretera. Seguramente era esto lo que pretendía el médico para realizar sus exploraciones con mayor comodidad, y enseguida sentí cómo sus dedos me palpaban delicadamente el empeine de ambos pies y luego sus manos torsionaban mis tobillos, primero el izquierdo y luego el derecho, que me provocó un terrible alarido de dolor.


-No le martirizaré más -dijo el doctor compasivamente-. Es innecesario. No aprecio fractura, sólo un fuerte traumatismo, probablemente con resultado de esguince.


-Me caí por unas escaleras -mentí, como si con esta falsa explicación pretendiera ayudarle a emitir un diagnóstico más certero-, y me hice mucho daño.


-No iba a preguntarle cómo se ha lesionado, no me interesa -dijo el médico con estremecedora frialdad-. Tampoco me interesa saber adónde van con este calor y en tan penosas condiciones montados en ese motociclo que se supone requisado, incautado, intervenido o como mejor nos convenga denominarlo. En estas dos semanas desde que comenzó la guerra no hago más que ver calamidades por todas partes, pero nunca hago preguntas. Me limito a realizar mi trabajo lo mejor que sé, y lo mejor que puedo. Voy a vendarle el pie para inmovilizárselo. Deberá guardar veinte días de absoluto reposo desde este preciso momento. Pasado ese tiempo tendrá que acudir a un traumatólogo.



Observé el gesto de preocupación de Juan, que se asomó fugazmente a la puerta del auto para verme. Supe enseguida lo que pensaba: aquel hombre podría delatarnos muy pronto, en cuanto consiguiera llegar al lugar adecuado para hacerlo. Abandonados los tres como estábamos en aquella solitaria carretera comarcal, no corríamos ese riesgo, pero era evidente que antes o después, de una forma u otra, acabaríamos saliendo de allí, y entonces el desenlace de la situación sería imprevisible. 


-Doctor -intervino mi hermano-, tenemos que llegar a Valencia al anochecer, como muy tarde. Sea como sea.


El médico le miró con una mueca desaprobatoria mientras preparaba el vendaje para inmovilizar mi pie lesionado.


-Desde aquí hay casi tres horas de camino hasta Valencia. Su hermano no lo resistirá. Pero usted tampoco. No piense que se encuentra en mejores condiciones. Usted no lo sabe, pero yo sí. Y si quiere, puedo explicárselo.


-Desde luego, se lo agradecería.


-Como he dicho antes, no me interesan los motivos, pero intuyo que llevan horas y horas viajando en ese motociclo por la carretera, a pleno sol, sin comer ni beber apenas. O aún peor, tal vez sin comer ni beber en absoluto. ¿Estoy en lo cierto?



-Sí, bueno… -titubeó Juan-, algo de agua hemos llegado a beber.



El médico tensó la venda bajo la planta del pie y empezó a envolverme el empeine con rápidas y apretadas vueltas para subir luego por el tobillo y rematar la operación con unos sólidos nudos de sujeción a la altura de la tibia. Durante todo este proceso experimenté una leve molestia que cesó por completo cuando estuvo terminado el vendaje. Pero no me hacía ilusiones, sabía que estaba irremediablemente cojo y que el dolor insoportable volvería a presentarse en cuanto tuviera que poner el pie en el suelo o subirme en la moto.


-Ya puede calzarse -dijo el médico lavándose las manos con el agua procedente de un pequeño bidón metálico que llevaba en el auto-. Pruebe también con el derecho, pero sin forzarlo. Le dolerá.


Me incorporé en el asiento y me calcé primero la alpargata izquierda. Pero al intentarlo con la derecha, volví a ver las estrellas. El vendaje era lo bastante prominente como para impedir el calzado. Los dedos renegridos asomaban como apéndices inútiles por fuera del tejido de algodón que me cubría el pie.


-Olvídelo entonces -concluyó el médico-. Ahora vamos a ocuparnos de lo verdaderamente serio -y se volvió hacia mi hermano-. No conozco a nadie que haya muerto por un esguince. En cambio, la insolación y la deshidratación extremas se han llevado a muchos por delante. No me gustaría que ustedes fueran los siguientes.


-No sucederá tal cosa -dijo Juan resuelto-. Tenemos que salir de aquí cuanto antes. Voy a echarle un vistazo al motor. ¿Lleva alguna herramienta?


-No sea insensato -saltó el médico-. Estamos en mitad de La Mancha, son las cinco de la tarde y el sol abrasa como el fuego. Póngase a cubierto unos minutos, hágame caso. Siéntese ahí dentro, con su hermano. Voy a darles agua y un bocado, que poco podrá ser.


Y poco pudo ser, en verdad, porque aquel médico, que por su providencial altruismo me recordó al buen samaritano de la parábola evangélica, tenía muy parcas provisiones que ofrecernos, apenas unos largos sorbos de agua recalentada del bidón metálico y unas escasas rebanadas de pan reseco con queso manchego que devoramos en un santiamén sentados ambos en el asiento trasero del Citroën. Era el primer alimento sólido que ingeríamos en más de veinticuatro horas, desde el almuerzo de la víspera en la pensión de la señora Engracia, antes de salir huyendo de Madrid, porque aquella noche ni siquiera habíamos cenado. Después de tan prolongado ayuno, el hambre se vuelve atroz e inconsolable, y ya sólo es posible aplacarlo comiendo hasta el hartazgo, de manera que el frugal refrigerio que nos acababa de ofrecer el doctor nos dejó casi tan insatisfechos como estábamos al principio. Luego, como todavía teníamos tabaco, liamos unos cigarrillos y fumamos resignadamente en silencio, porque sabíamos que el humo era un buen engaño para el estómago.


-Doctor, no sé cómo podría corresponderle por todo lo que está haciendo por nosotros -dijo mi hermano de repente, rompiendo un silencio que se había prolongado durante varios minutos.
 
-Me bastará con que ponga en marcha el auto -respondió el médico-. Ha dicho que lo iba a hacer, y es el momento de que lo haga. Tengo una anciana muy enferma en Minglanilla, a veinte kilómetros de aquí. A lo mejor todavía estamos a tiempo.


-Lo intentaré. Antes le he preguntado si llevaba herramientas. Es posible que las necesite.
 

-No las llevo -dijo el hombre-. No me servirían de nada, porque no entiendo ni media palabra de mecánica.


-Aún así -le reprendió mi hermano-, no estaría de más que las llevase. Pero bueno, ¿exactamente qué le ha ocurrido?


-Nada de particular -respondió el médico-, simplemente el auto se ha parado de repente y me he quedado tirado en la cuneta, tal y como ustedes me han encontrado. Salía mucho humo del motor y ya no he sido capaz de volver a ponerlo en marcha.




Juan le miró con una sonrisa burlona antes de meter la cabeza en el compartimento del motor.


-Y a usted le parece que no hay nada de particular en que salga mucho humo del motor y el auto se pare -le dijo.


-Tómelo como una expresión coloquial, si quiere -repuso el médico un tanto ofendido-. Yo lo que intentaba decirle es que todo ha sucedido deprisa y sin la menor aparatosidad. 


-Pues me temo que no voy resolverle el problema -explicó mi hermano-. Me gustaría equivocarme, pero creo que se ha quemado la culata. Le ha metido un buen calentón al auto, doctor.


CONTINUARÁ