jueves, 23 de marzo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 32ª Entrega





Un relato de Route 1963




 
 
-Hay que salir de aquí inmediatamente -dijo mi hermano con voz trémula.


-Sí, pero ¿por dónde?


-Saltaremos por el balcón.


-¿Por el balcón? ¿Es que acaso pretendes que nos suicidemos? -protesté.


-Quedarnos aquí dentro sí que es un suicidio. Este sitio es una ratonera. Si no saltamos, nos matarán. ¡Rápido, al balcón!


Juan salió gateando de debajo de la cama sin soltar la pistola. Volvieron a sonar unos golpes terribles en la puerta de la habitación. No tardarían ni un minuto en echarla abajo. Abandoné el escondrijo envuelto en la toalla. Antes de salir al balcón vimos una puerta medianera que daba acceso a la habitación contigua, algo muy frecuente en las pensiones de la época, cuando muchas de las estancias estaban comunicadas entre sí. Lo habitual, desde luego, era que aquella y todas las demás puertas medianeras se hallasen cerradas con llave o todo lo más con un ligero pestillo, y así fue, en efecto, como nos la encontramos. Tratamos de abrirla a empujones, pero la puerta no cedió.


-¡Al balcón! -repitió Juan.


Sobre una de las camas estaba tirada la ropa nueva que acabábamos de comprar. Cogí a toda prisa una blusa blanca, unos pantalones de pana marrones y unas alpargatas, y me vestí de mala manera. Mi hermano, que se había cambiado antes y vestía unas prendas muy parecidas a las mías, guardó la pistola en un bolsillo de sus pantalones, cogió la mochila y salió al balcón. Yo le seguí con un nudo en la garganta. Más que una huida precipitada y furiosa, aquello parecía una inmolación heroica, un sacrificio honorable y épico, a imagen y semejanza de las inmolaciones y sacrificios de los moradores de las ciudades asediadas de la antigüedad, que preferían arrojarse a las hogueras o despeñarse por las murallas antes que caer vivos en manos del enemigo. Dentro de lo malo, por lo menos estábamos en un primer piso y la altura que había desde el balcón hasta la acera de la calle no era excesiva, aunque seguramente sí la suficiente como para romperse la cabeza o las costillas si uno se daba un mal golpe.


-¡Vamos, salta! -me ordenó Juan empujándome contra el barandal de hierro forjado del balcón.


-¡No me atrevo, me voy a partir la crisma!


-¡Salta, te digo! ¡Es nuestra última oportunidad!


Me monté a horcajadas en el filo del barandal y miré hacia abajo cuando todavía no había decidido si iba a saltar al vacío o no. Justo debajo del balcón había un camión aparcado que llevaba la caja cubierta con una lona. Esto me animó, aunque con prudente reserva. Si me lanzaba sobre la lona la caída sería de apenas dos o tres metros, y como daba por hecho que mi cuerpo rebotaría contra ella después del primer impacto, calculé una segunda caída de un par de metros más hasta el suelo, lo bastante como para poder hacerse mucho daño. Pero comprendí entonces que ya era inútil oponer ninguna resistencia, porque si yo no saltaba por las buenas sería mi propio hermano quien me arrojaría por las malas, o aún peor, los policías acabarían por echar la puerta abajo y nos tendrían a su merced como a dos animales acorralados.  Perdida cualquier esperanza, convencido al fin de que ya no nos quedaba otra escapatoria, cerré los ojos y me tiré a la calle.



 
El salto duró probablemente menos de un segundo, pero a mí se me hizo eterno, como si fuese cayendo a cámara lenta, como si me hubiese quedado suspendido en el aire y nunca pudiese llegar a caer del todo, y en esa eternidad instantánea volví a imaginar que rebotaba sobre la lona y me rompía la columna vertebral contra el suelo, lo que era tanto como decir que entonces me habría llegado la hora de despedirme de este mundo, porque en aquellas circunstancias a un hombre con el cuerpo paralizado ya sólo le quedaba esperar a que sus enemigos viniesen a rematarle. La costalada fue tremenda y me golpeé en la espalda con una de la varillas metálicas del armazón de la caja, pero en lugar de salir rebotado hacia el suelo, como había supuesto, sucedió todo lo contrario, porque la lona se rasgó con el impacto y cedió bajo mi peso, así es que caí como un pelele dentro del camión, entre toneles de vino y sacos de patatas, que esa debía de ser la mercancía que transportaba aquel vehículo. Me sentía dolorido y magullado por todas partes, como si un boxeador brutal me hubiese molido el cuerpo a puñetazos contra las cuerdas del cuadrilátero, pero a pesar de la terrible conmoción que me aturdía conseguí levantarme y tambaleándome salté de la caja del camión al suelo. El pavimento quemaba. Esta caída no resultó precisamente más agradable que la primera, pues me hice mucho daño y pensé con buen criterio que me había roto un tobillo, tal era el dolor que sentía en el pie derecho, y esto consiguió desanimarme, porque un fugitivo cojo también tenía escasas probabilidades de huir a ningún sitio. Esta vez ni siquiera intenté levantarme, y mientras me arrastraba por el suelo para ponerme a cubierto en los bajos del vehículo escuché un disparo y vi cómo Juan saltaba desde el balcón con la pistola todavía humeante en la mano, y vi cómo se desplomaba sobre la lona rasgada del camión como se habría desplomado un trapecista inerte y descoyuntado sobre la malla del circo, y vi cómo era engullido por el mismo agujero que me había engullido a mí unos segundos antes, y vi cómo se arrojaba luego desde la caja para caer a mi lado y escuché, o creí escuchar, que me decía mientras se levantaba aferrando con fuerza el arma:


-¡Corre, Mariano, corre!


-Corre tú, yo ya estoy muerto -fue lo más que pude responderle con tranquila resignación.


Un tipo grueso con camisa blanca, tirantes y sombrero de fieltro se asomó entonces al balcón empuñando un revólver. Sonó otro disparo cercano que me estalló en los tímpanos y el hombre se desplomó sobre el barandal como un saco vacío llevándose una mano al pecho, en donde brillaba un punto rojo que parecía un clavel. El sombrero cayó a la calle, rodó unos metros sobre su ala como una rueda perdida y se detuvo mansamente a mis pies.


    -¡Corre, Mariano, corre! -volvió a jalearme mi hermano, o eso volví a creer que me decía, pero yo no hice la menor intención de moverme.


 -Estoy muerto, Juan -le susurré-, estoy muerto, déjame y sálvate tú.


-¡Levántate, maldito cabrón! ¡Aún no estás muerto, muévete, cojones, no voy a dejarte aquí tirado! 


Dos nuevos individuos aparecieron en el balcón, se parapetaron tras el cuerpo caído de su compañero y empezaron a dispararnos. Nosotros sólo veíamos los cañones relucientes de sus armas asomando oblicuos entre los barrotes del barandal, y aunque éramos un blanco demasiado fácil ellos tiraban a mansalva pero sin puntería, acribillando el camión casi a bocajarro, tal vez agarrotados por su propia precipitación y por la insoportable ansiedad que les producía el hecho de querer matarnos enseguida. Y aun así, sólo por un verdadero milagro no lo consiguieron, porque varios proyectiles nos pasaron muy cerca antes de rebotar en los adoquines de la calle o incrustarse en las tablas de la caja del vehículo. Pero mi hermano, que nunca hasta ese día había disparado un arma de fuego -y que no volvería a pegar un solo tiro en toda la guerra-, había adquirido en pocas horas la destreza necesaria como para poder desenvolverse con la Astra 400 a las mil maravillas, de modo que no estaba dispuesto a consentir que aquellos energúmenos frustrasen nuestro sueño dorado de llegar a Valencia. 


Sólo era cuestión de esperar a que se presentase el momento más oportuno, y éste llegó cuando aquellos dos hombres dejaron de ametrallarnos al hacer una pausa para proveer sus armas de nueva munición, porque la que llevaban en un principio ya se les había agotado. Entonces Juan asomó el cañón de la pistola desde los bajos del camión, tensó los brazos elevándolos hacia el cielo, apuntó con pulso firme y disparó una vez. Su disparo fue contestado con otro tiro proveniente del balcón, pero lejos de perder la concentración y la puntería mi hermano efectuó una segunda descarga. Después se hizo el silencio.


-¡Vámonos ya! -me gritó poniéndose en pie. 


-No puedo andar, hermano. Creo que me he roto un tobillo.


-Todavía estará caliente, apóyate en mi hombro. Hemos dejado la moto aquí al lado.


 33ª entrega: semana del 27 de marzo al 2 de abril.

viernes, 17 de marzo de 2017

AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO. (1 de agosto de 1936). 31ª Entrega





Un relato de Route 1963



 
Dudé durante unos segundos, aunque en realidad daba lo mismo enterarse antes de una cosa que de otra, puesto que a fin de cuentas iba a ser informado de ambas, por muy halagüeñas o terribles que fuesen.


-Empieza por la mala noticia -respondí-. Los malos tragos que pasen cuanto antes.


-He hablado con Madrid, con la pensión -prosiguió Juan con cara de circunstancias-, y resulta que a la señora Engracia, nuestra patrona, se la llevaron los milicianos anoche, de madrugada, horas después de marcharnos nosotros. Me lo ha dicho llorando una de las pocas chicas de servicio que todavía están allí.


-La señora Engracia no se metía en política -razoné-, pero en todo caso simpatizaba con el Frente Popular, ¿no? ¿Por qué se la han llevado?


-No lo sé, Mariano, seguramente se han vengado de nosotros con ella, pensando que nos ocultaba o que nos protegía, una represalia rastrera y vil, estas cosas suceden, y lo más probable es que la hayan matado.


Pobre mujer! -me compadecí-. Ella no tenía la culpa de nada, ni siquiera estaba al tanto de nuestros planes.


-Lo sé -reconoció Juan un tanto compungido-, pero esto es lo que hay. Ya no podrá servirse del dinero que escondimos bajo la baldosa de la habitación. Para eso la llamaba, y mira de lo que me he enterado.


-No hay que perder la esperanza -dije con escasa convicción-. La soltarán, y cuando la República gane la guerra volveremos a Madrid y nos encontraremos con ella, ya lo verás.


Mi hermano negó con la cabeza.


-Gane quien gane esta maldita guerra nosotros nunca podremos regresar a Madrid. Difícil será incluso que podamos permanecer en España, escondidos en algún lugar en donde nadie nos conozca. Con unos vencedores o con otros siempre estaremos perseguidos. Nuestro destino es el exilio.


-Exageras -le dije-. Es pronto para saber eso. Pero en fin, ¿cuál era la buena noticia que tenías?


-También he hablado con Valencia, con mi amiga Amparo Signes, ya sabes -a Juan se le iluminaron los ojos de repente-. Nos espera con los brazos abiertos. Las cosas están tranquilas por allí. ¿No te he enseñado ninguna fotografía suya?


-Que yo recuerde, no.


-Es una señorita muy guapa, y con clase, ya verás.


Me mostró una fotografía arrugada que llevaba en su cartera. Era un retrato de estudio en el que se veía a una joven sonriente de cabello largo y rizado que le caía por los hombros. Tenía los ojos grandes y curiosos y una expresión pícara asomaba a su rostro. La chica era atractiva, desde luego, y como había asegurado mi hermano, parecía tener clase, quizá demasiada, puesto que ofrecía más un aspecto de señorita bien -burguesa, podríamos decir-, que de proletaria, y esto en los tiempos que corrían en la zona republicana constituía más un inconveniente que una ventaja, por muy apetecible que resultase la dama. La fotografía contenía una dedicatoria manuscrita en la que se leía: Para Juan, de su amiga Amparo, con todo mi afecto. Valencia, 22 de febrero de 1936.


  

Llevaban meses carteándose, enviándose fotografías y hablando por teléfono, pero aún no se conocían en persona. Esto era lo habitual en este tipo de relaciones por correspondencia, tan populares en la época. Incluso lo más frecuente era que tales relaciones se fueran enfriando con el tiempo y ninguno llegase a conocer al otro. Con una guerra de por medio, naturalmente, las cosas se volvían todavía más complicadas en este sentido. Sin embargo a ellos, a mi hermano y a la señorita valenciana, la guerra parecía que en lugar de alejarles les acercaba cada vez más y para siempre. No en vano, si conseguíamos combustible para la Brough Superior y nada se torcía, ya sólo les separaban tres o cuatro horas de carretera. Sólo, o nada menos, según se mirase, porque en España en aquel incierto verano de 1936 viajar tres o cuatro horas por carretera podía constituir una proeza de una magnitud semejante a la que debía de necesitarse para llegar a la Luna.


-Es guapa, sí -tuve que reconocer-, y tiene mucha clase, eso salta a la vista, pero a mí me parece que es demasiada mujer para ti, que sólo eres un pobre mecánico muerto de hambre.


Tú sí que eres un muerto de hambre, picapleitos del demonio! -saltó mi hermano visiblemente irritado por mis comentarios clasistas.- ¡Qué sabrás tú de mujeres, si todavía eres un zagal!


-Tengo veinte años -protesté-. Ya soy un hombre hecho y derecho y he estado con muchas mujeres, aunque tú me sigas viendo como a un hermano pequeño e inocente y creas que nunca he roto un plato.


-Muchas mujeres, muchas mujeres -repitió mi hermano burlándose-. Sé qué tipo de mujeres son esas de las que hablas, porque yo también he estado con ellas. Pero esta no es una mujer cualquiera, esta es una dama, una señora con todas las letras, no hay más que verla. Y yo soy un caballero, o puedo serlo en cuanto me lo proponga, así es que no somos tan diferentes y tan incompatibles ella y yo como tú piensas, hermanito mentecato.


Me eché a reír. Hacía semanas o meses que no me reía, pero esto me hizo reír de buena gana después de tanto tiempo. Mi hermano se comportaba a veces como un quijote iluso, grotesco y vanidoso que ni siquiera movía a lástima o a compasión, sino solamente a risa, tan alejado como se encontraba de la realidad, tan distantes como estaban sus pies del contacto con la tierra que pisábamos. Al igual que al ficticio Don Quijote, a Juan la devoción hacia su dama valenciana le nublaba la razón y le hacía disparatar hasta olvidarse de los verdaderos tiempos en los que vivíamos. Porque fuese o no una auténtica señora y alta dama aquella mujer de la fotografía, lo cierto es que él no era un caballero, ni lo había sido, ni podría serlo nunca mientras no cambiase de oficio y de posición social, y ni aún así, por más que en su enajenación hubiera creído que podía asemejarse a ellos sólo por haber conducido sus automóviles furtivamente y haberlos tratado de pasada cuando trabajaba en el taller. Un proletario tampoco se convertía en caballero de la noche a la mañana, como por arte de magia, sólo por cartearse a distancia con una señorita de buena posición. Es más, lo que resultaba todavía más chocante era que una mujer de clase elevada, una burguesa, tuviera el más mínimo interés en conocer y en relacionarse con un mecánico de coches, con un obrero industrial humilde y pobretón como mi hermano.


No te rías, estúpido! -me reprendió-. Ya verás cuando lleguemos a Valencia.


-Cuando lleguemos a Valencia, si llegamos -le respondí todavía riéndome-, seguirás siendo el mismo gañán que salió de Madrid huyendo como una rata con documentación falsa y una moto y una pistola robadas. ¿Así es como crees tú que se comportan los caballeros? Si los milicianos se hubieran tomado la molestia de comprobar nuestro verdadero pelaje, en lugar de fiarse de las habladurías de la gente, no habríamos tenido que salir corriendo con lo puesto. Pero en el fondo a ti lo que te pierde es el quiero y no puedo, porque eres un obrero y te gustaría ser un señorito, y lo malo es que de tanto desearlo has acabado por creer que lo eres, y lo que es peor, por hacérselo creer a los demás, para nuestra desgracia.


Mira quién fue a hablar, el señorito del pan pringao! -atacó mi hermano haciendo una mueca de desprecio-. ¡Si fui yo el que tuvo que decirte que dejaras de usar sombrero y tirases a la basura toda esa ropa de chupatintas con la que ibas pavoneándote por ahí cuando ya no estaba el horno para bollos, que de milagro no te pegaron un tiro! ¿En qué pensabas? ¿Es que te habías vuelto loco o eras un ignorante, Mariano? A ti también te pierde el lujo y la buena vida, no lo niegues, y si te hubieran dejado elegir tu destino te habría gustado ser otra cosa mejor, no un miserable aprendiz de abogaducho, que eso es lo que eras y a lo más que podrás aspirar en tu triste vida, si la conservas.


Quise decir algo, pero en ese instante sonaron unos golpes rotundos y secos en la puerta de la habitación. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba medio desnudo, tan sólo cubierto con la toalla que llevaba anudada a la cintura, lo que, como de costumbre, me hizo sentir especialmente expuesto y vulnerable, una estupidez irracional por mi parte, porque si a la postre me iban a matar daba lo mismo que me matasen en pelotas o vestido de etiqueta, salvo que, quizá sin saberlo, yo pretendiese llegar hasta el más allá un poco más presentable, cosa de la que no podía estar muy seguro en estos momentos.


Silencio! -me susurró Juan llevándose el dedo índice de la mano izquierda a los labios, porque en la derecha ya empuñaba la pistola con esa tensión nerviosa tan propia de quienes están poco acostumbrados a manejar un arma.


Volvieron a aporrearnos la puerta, pero esta vez con tanta violencia que parecía que iban a echarla abajo. Quizá era eso lo que pretendían, si no les abríamos antes. Juan me hizo una seña para que me retirase del ángulo de tiro de la puerta, pensando en buena lógica que tal vez podrían dispararnos. Me metí debajo de una cama paralizado por el terror. Mi hermano hizo lo mismo enseguida y se acurrucó junto a mí como un niño asustado. Por debajo de los faldones de la colcha sólo asomaba el cañón de la pistola Astra. Los golpes cesaron, pero entonces escuchamos una voz enérgica que nos gritaba:


Abran a la policía! ¡Sabemos que están ahí, abran a la policía, no se lo vamos a repetir tres veces!


Juan me miró entonces con los ojos inyectados de espanto y montó el arma.


32ª entrega: semana del 20 al 26 de marzo.